Vanesa se quedó quieta en su lugar, como si estuviera esperando a Fabio.
Él caminó hacia ella con paso tranquilo y, con total naturalidad, deslizó su brazo por su cintura.
—Ya envié a Paz a dormir. ¿Por qué sigues aquí de pie? —le preguntó en voz baja.
—Me quedé platicando con mi mamá un rato —respondió Vanesa, sin mucha expresión.
Fabio asintió y preguntó de manera casual: —¿Sobre qué?
Era una pregunta sin mayor intención.
No planeaba interrogarla.
Eran madre e hija, era lo más normal del mundo que conversaran.
—Mi mamá me preguntó qué va a pasar entre tú y yo —dijo Vanesa de repente, mirándolo fijamente.
Fabio guardó silencio por un segundo, se inclinó y depositó un beso suave sobre ella antes de preguntar:
—¿Y qué le contestaste?
—¿Te importa tanto mi respuesta? —lo retó ella.
Él asintió.
—Sabes perfectamente que lo nuestro es imposible. Lo que buscamos estando juntos en este momento lo tienes muy claro, ¿no es así? —soltó Vanesa sin titubear.
Su respuesta seguía siendo exactamente la misma que al principio.
Fabio no replicó de inmediato.
En medio de la actitud fría de Vanesa, él podía percibir algo más.
Sabía que ella no era completamente indiferente hacia él.
Pero se negaba rotundamente a ceder.
—¿De verdad piensas eso? —preguntó Fabio con voz profunda.
Vanesa levantó la vista para encararlo: —Sí.
Una respuesta rotunda.
Y Fabio, sorprendentemente, solo asintió con un murmullo de aceptación.
Vanesa esperaba que él se enfureciera, pero su reacción serena la desarmó por completo.
Se quedó sin saber qué hacer.
—Vamos a la habitación. Hablaremos de esto cuando pasen las vacaciones de invierno —concluyó él con calma.
Vanesa no dijo nada más.
Regresaron a su cuarto.
El ambiente no era ni tenso ni cálido.
Vanesa se mantenía distante, mientras Fabio la envolvía con su calor habitual.

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