—Sí. Ya mandé a traer mis cosas —respondió Fabio con total naturalidad.
—También se lo comenté a don Zacarías, y no puso ninguna objeción —añadió, usando al abuelo como escudo para cerrar cualquier argumento.
Vanesa se quedó en silencio por unos segundos, y luego soltó una risa cargada de exasperación.
O sea que Fabio lo tenía todo perfectamente fríamente calculado.
Y para rematar, poco después, el mayordomo apareció en la puerta con el equipaje de Fabio.
Esto era la consumación de una invasión en toda regla.
A Vanesa la situación le resultaba cada vez más absurda.
Era como si, de la noche a la mañana, Fabio hubiera comprado la lealtad de todos en la familia Urbina.
—¿Cómo diablos sobornaste a mi abuelo? —le reclamó Vanesa.
—Simplemente hice todo lo que me pidió. Y además, le prometí conseguirle unas piezas artesanales que quería, que por pura casualidad, sé dónde encontrar —respondió Fabio sin inmutarse.
¿Acaso eso no era aprovecharse de las debilidades de los demás para doblegarlos?
Pero bueno, lo calculador que podía ser Fabio no era ninguna novedad.
Vanesa decidió no decir nada más.
En esa casa, la última palabra la tenía don Zacarías.
Si él no ordenaba echarlo, nadie se atrevería a botar a Fabio a la calle.
—¿Y vas a dejar a Santiago solo en casa por esto? —cuestionó ella, recordando al niño.
—Ya te dije que mis padres están con él, ¿no me escuchaste? —le recordó él con voz serena.
Vanesa se quedó callada de golpe.
La relación entre ella y los padres de Fabio siempre había estado fracturada.
Especialmente porque Graciela Galván, la madre de él, nunca la había tratado con respeto.
De hecho, la había sometido a un constante abuso psicológico durante muchísimo tiempo.
Con ese historial, ¿cómo no iba a estar a la defensiva?
Y seguramente Fabio lo entendía a la perfección.
—Vanesa —él bajó la mirada para verla directamente a los ojos.
Ella no le contestó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ