Rápidamente, Paz arrastró a Fabio de la mano y lo hizo sentarse.
Se acomodó justo entre él y Vanesa.
Al otro lado de Vanesa, se encontraba Julián Jiménez.
Fabio no emitió ningún comentario, pero las miradas de ambos hombres chocaron en el aire, cargadas de electricidad.
Un segundo después, por mutuo acuerdo tácito, desviaron la atención.
La única que se mantuvo en absoluto silencio fue Vanesa.
Todos ya se habían acostumbrado a la naturaleza reservada de Vanesa.
Una vez que empezó la cena, no tardó en hacerse evidente que don Zacarías estaba buscando poner a prueba a Fabio.
Constantemente le lanzaba indirectas o intentaba acorralarlo.
Le formulaba preguntas sumamente capciosas e incómodas.
Le insistía para que siguiera bebiendo, buscando cualquier pretexto para embriagarlo.
Claramente quería humillarlo frente a todos.
Muchos en la mesa pensaron que, en cualquier momento, Fabio iba a estallar y arruinar la velada.
Pero, para sorpresa de todos, Fabio aceptó cada dardo envenenado con una sonrisa inquebrantable en el rostro.
Esa actitud tan complaciente y estoica descolocó por completo a Zacarías.
Era como si, en medio de una discusión acalorada, la otra persona simplemente se negara a levantar la voz.
Al final, el intento de humillación se diluyó sin pena ni gloria.
La única que no parecía sorprendida era Vanesa.
Llevaba semanas viendo esa misma faceta de Fabio: un muro impecable que no mostraba ni un ápice de ira, sin importar cuánto lo pincharan.
Hasta Dante, que no soportaba a Fabio, no pudo evitar mandarle un mensaje a su sobrina por debajo de la mesa.
Dante: [¿Fabio no explotó? ¿Se tomó la pastilla equivocada hoy?]
Vanesa: [Últimamente siempre está así.]
Dante: [...]
Bueno, tenía sentido.
Las cuentas pendientes entre Vanesa y Fabio eran muchísimo más graves.
Cuando Vanesa decidía torturarlo, no se andaba con medias tintas.
Y Fabio jamás se había defendido ni quejado con ella.
Comparado con eso, los pequeños desaires de don Zacarías no eran más que rasguños inofensivos.
Ni siquiera le hacían cosquillas.
Si Vanesa no intervino, fue porque en el fondo quería ver cómo él manejaba la situación.
Fue hasta que Fabio terminó su ronda de brindis obligados y volvió a sentarse, que volteó a mirarla: —¿Pasa algo?
Vanesa frunció el ceño con una clara expresión de desagrado: —Hueles muchísimo a alcohol.
—Enseguida me daré una ducha caliente —respondió él, con docilidad.

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