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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 8

Vanesa dio un paso atrás.

Fabio, ignorándola, se giró para mimar a Giselle: —Gigi, mi amor, ya estoy aquí. No voy a permitir que nadie te falte al respeto. Estás embarazada, no te alteres, yo me encargo de esto, ¿sí?

Embarazada... mi amor... Gigi...

Esa mezcla de palabras fue un balde de agua fría. Vanesa lo entendió todo al instante.

Giselle estaba esperando un hijo, y el bastardo era de Fabio.

—Fabio, el hijo que espera Giselle es tuyo, ¿verdad? —Vanesa rompió el silencio, alzando la barbilla para mirarlo a la cara.

Su postura era altiva.

Sabía que esa actitud fría era la única armadura que le quedaba para no desplomarse, aunque por dentro sintiera que la partían en dos.

Los ojos de Vanesa escudriñaban a Fabio en un silencio absoluto.

Esperaba, con una desesperación secreta, que él lo negara.

Si tan solo le decía que era mentira, ella estaría dispuesta a creérselo y cerrar los ojos.

—Fabio, ¿no crees que me debes una maldita explicación? —su voz sonó ahora más cortante que un cuchillo.

Avanzó hasta él y le agarró el brazo con fuerza.

Fabio bajó la mirada hacia Vanesa y, sin una pizca de remordimiento, usó sus dedos fuertes para arrancarse las manos de su esposa de encima.

La miraba como si fuera basura.

—Vanesa, cuida tu tonito... —le ordenó Fabio con el rostro desencajado por la furia.

Pero Giselle saltó al rescate, interrumpiéndolo.

Miró a Vanesa con unos ojos que fingían arrepentimiento, pero que en el fondo destilaban un veneno cargado de orgullo.

—¿Puedo tutearte, Vanesa? El día de la fiesta de la empresa, Fabio y yo nos pasamos de copas. La pasión nos ganó y terminamos en la cama juntos. Toda la culpa la tengo yo, por favor no te desquites con él. Si tienes que odiar a alguien, ódiame a mí.

El discurso de Giselle parecía generoso, aderezado con lágrimas estratégicas en su voz.

—Sé perfectamente que lo que hice es horrible, pero estoy atrapada. Los doctores me dijeron que mi cuerpo no resistiría un aborto. No me queda otra opción más que tener al bebé. Vanesa, perdóname, te lo suplico —Giselle se deshizo en disculpas baratas.

Era obvio que a nadie en este mundo le importaría la existencia de su bebé.

Observó cómo Fabio se acercaba a ella como un depredador.

La agarró del brazo y la arrastró fuera de la habitación a empujones, seguramente para evitar que el escándalo alterara los nervios de su adorada Giselle.

Durante el forcejeo, Fabio le apretó la muñeca hasta casi romperla.

Pero Vanesa se mordió los labios, negándose a suplicar.

Sus ojos, fijos en el rostro de Fabio, brillaban con un resentimiento puro.

Dos lágrimas de rabia y terquedad se asomaron en sus enormes ojos.

—Giselle está esperando un hijo, esa es la realidad. Así que dedícate a jugar tu papel de la señora Serrano y no me obligues a tomar medidas drásticas, ¿estamos? —le advirtió Fabio con frialdad.

—Si estás tan enamorado de Giselle, ¿por qué no me pides el divorcio de una maldita vez? —Vanesa jamás se había escuchado tan serena.

Lanzó una risa seca, burlándose de su propia tragedia, y ahuyentó las lágrimas: —Ah, claro. Es por el testamento de tu abuelo, El Patriarca Serrano. Como todavía no cumplimos siete años de casados, te quedarías sin el paquete accionario, ¿verdad?

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