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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 7

Fabio sabía perfectamente que su madre detestaba a Vanesa y que ir sola a esa casa era enviarla a los leones.

Pero, en ese instante, tenía frente a él a Giselle, mirándolo con esa expresión de mártir, tan frágil y comprensiva.

El corazón de Fabio se derritió por ella.

Sabía que Giselle no quería que se fuera.

Sin pensarlo dos veces, la rechazó con crueldad: —Vanesa, ya estás bastante grandecita como para no saber defenderte sola. Ve tú.

Y tras esas palabras, le colgó en la cara.

Vanesa se quedó mirando la pantalla negra de su teléfono. Una tristeza infinita y una decepción abrumadora oscurecieron su mirada.

Las notificaciones de espectáculos no dejaban de aparecer.

[Fabio Serrano pasa la noche entera con Giselle Rivas. ¿Están a punto de oficializar su romance?]

Cada fotograma de esos videos le encajaba una aguja más en el alma.

Cerró los ojos y tomó la decisión más arriesgada de su vida.

Quería ir ella misma, ver con sus propios ojos la traición de su esposo.

Inhaló profundamente, obligándose a recuperar el control.

Se miró en el espejo: tenía un rostro limpio, al natural, casi transparente.

Pero en un par de minutos, Vanesa se armó con maquillaje.

Un estilo elegante y recatado.

Un estilo que ella aborrecía.

En el fondo, Vanesa, que a pesar de llevar siete años casada apenas tenía 27 años, era una mujer vibrante.

Le encantaban los colores vivos, verse radiante y desbordar energía.

Pero a Fabio le molestaba.

Según él, una mujer que se arreglaba de esa manera era demasiado conflictiva y carecía de clase.

Así que Vanesa se había moldeado para encajar en el ideal de esposa perfecta de Fabio.

Al terminar de maquillarse, las alertas del celular seguían bombardeando la noticia del embarazo de Giselle.

Ella contempló la foto de la actriz en la pantalla.

Y de repente, un escalofrío le recorrió el cuerpo: su reflejo en el espejo era asombrosamente similar a la imagen delicada y elegante de Giselle.

Era como si, sin saberlo, hubiera estado imitando a la otra mujer todo el tiempo.

La idea le produjo náuseas.

Con rabia, tomó el desmaquillante y se limpió el rostro por completo. Arregló su ropa y, sin avisarle a nadie, salió sigilosamente hacia el hospital.

...

Era también la primera vez que Vanesa tenía a Giselle a tan poca distancia.

Solo la conocía por las revistas.

En persona, Giselle era mil veces más espectacular que en la pantalla.

Un rostro pequeño y perfecto, facciones talladas como las de una muñeca de porcelana.

Su maquillaje era exquisito, proyectando un aire de mujer culta e intocable.

Desprendía el mismo carisma de "damisela en apuros" que interpretaba en todas sus películas, pidiendo a gritos que la protegieran.

Cualquier hombre caería rendido a sus pies.

—Perdón... —lo primero que hizo Giselle fue disculparse, pero no con Vanesa, sino con Fabio—, te dije que no vinieras, sabía que esto te iba a meter en problemas.

—No me importa aguantar un mal rato, pero no quiero que quedes mal tú —continuó Giselle, mirándolo a los ojos con devoción absoluta.

Vanesa presenció el numerito como si fuera una espectadora.

Fabio y Giselle irradiaban una conexión tan profunda que Vanesa se sintió como la amante intrusa.

Pero no movió ni un músculo de la cara ni pronunció una sílaba.

Quería ver hasta qué punto llegaba el descaro de Fabio.

Al segundo siguiente, los ojos afilados de su marido se posaron sobre ella, cargados de reproche.

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