Vanesa estaba completamente exhausta.
Una fina capa de sudor cubría su cuerpo mientras se dejaba caer contra el sofá, intentando recuperar el aliento a bocanadas.
Fabio la soltó y caminó rápidamente hacia el baño.
Pronto se escuchó el ruido del agua de la ducha.
Vanesa no dijo nada, simplemente respiraba, hundida en un profundo silencio.
Para cuando Fabio salió, gran parte de la furia que lo dominaba parecía haberse desvanecido.
Vanesa ya se había aseado y arreglado en el lavabo.
Sin embargo, las marcas rojas en su cuello no iban a desaparecer por arte de magia.
Sabía perfectamente que él lo había hecho a propósito, dejando chupetones visibles.
Así que tomó el pañuelo de seda y lo ató alrededor de su cuello para intentar esconderlos.
La mirada de Fabio se oscureció al verla, pero finalmente no dijo nada.
Como él le había desgarrado la chaqueta anterior, tuvo que ponerse una nueva. Pero esta tenía un escote que no lograba tapar del todo su pecho, y esa provocación sutil de enseñar sin querer siempre resultaba ser la más atractiva.
Fabio frunció el ceño.
—¿Planeas levantarte de mi cama e irte directo a seducir a Julián? ¿Eh? —le dijo, mientras sus largos dedos pellizcaban sin cuidado la piel expuesta de ella.
Vanesa sintió cómo la ira y la humillación la invadían.
Era una ofensa descarada.
Ella jamás había tenido ese tipo de relación con Julián.
Tal vez, al sentirse acorralada y harta de los abusos de su marido, ni siquiera lo pensó: levantó la mano y le cruzó la cara con una bofetada.
El sonido seco y agudo resonó por toda la habitación.
La temperatura del lugar cayó bajo cero.
En los ojos de Fabio brilló una oscuridad aterradora.
Vanesa sintió un nudo de miedo en la garganta.
Pero no retrocedió ni un milímetro.
—¡Fabio, no pienses que todo el mundo es tan asqueroso y retorcido como tú!
Dicho esto, no aguantó estar ahí ni un segundo más, dio media vuelta y dispuso a marcharse.
Al instante, Fabio la jaló hacia atrás.
Al ser atrapada de nuevo, Vanesa se preparó mentalmente para recibir una paliza.
Para su sorpresa, él solo la miró fijamente, con los ojos clavados en los suyos.
Era una mirada sombría y pesada, una tensión que cualquiera podría haber notado.


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