Vanesa parecía tan indiferente, como si el asunto ni siquiera tuviera que ver con ella.
Tampoco le importaba en lo más mínimo la rabia que estaba sintiendo Fabio.
Él la trataba mal, así que ella no veía motivo alguno para doblegarse y complacerlo.
Con toda la calma del mundo, terminó lo que tenía que decir.
—Fabio, ya firmaste el acuerdo de divorcio. Así que todo lo que yo haga o deje de hacer, no es de tu incumbencia. Ahora mismo lo único que nos une es una relación por conveniencia —dijo, dejando las cosas dolorosamente claras.
Esas palabras parecieron destruir cualquier rastro de paciencia en Fabio.
En su mente apareció la imagen de Vanesa alejándose de él para irse con otro hombre.
Se la imaginó gimiendo y jadeando debajo de otro.
Ese resentimiento lo quemaba, como si alguien le estuviera arrancando de las manos algo que le pertenecía exclusivamente a él.
Soltó una risa gélida y fue directo al grano.
—Vanesa, el que haya firmado solo es un papel, no significa que en este momento estemos divorciados —advirtió, escupiendo cada palabra.
—Aún eres la señora Serrano, ¿entiendes? —remató.
Vanesa lo miró fijamente, sin mostrar un gramo de alteración.
Simplemente asintió y soltó un ligero «de acuerdo».
Su actitud era tan fría.
No se enojó, pero tampoco lo negó.
Eso hizo que el que de pronto se sintiera desarmado fuera Fabio.
El rostro del hombre se oscureció aún más.
—Si ya no hay nada más, voy a salir —dijo ella, intentando levantarse.
Pero esta vez, Fabio la empujó con brusquedad contra el sofá.
Su cuerpo robusto se abalanzó sobre ella.
Vanesa palideció.
—¡Fabio! ¿Qué estás haciendo?
—Enseñarte quién es tu hombre —respondió sin titubear.
Sus manos comenzaron a moverse sin piedad, y la ropa de Vanesa quedó rápidamente desordenada.
Cuando su piel tocó el aire frío del ambiente, se le erizó instantáneamente por el susto.
Intentó empujarlo.
—¡No! Suéltame, no...
—¿No? Eres mi esposa, y me acuesto contigo como me da la gana —escupió Fabio, con el rostro endurecido.

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