Llevaban siete años casados y, aunque lo mantenían en secreto, ella siempre creyó que su relación era sólida, que Fabio jamás haría nada para traicionarla.
Sin embargo, sus ojos captaron de pronto el nombre de la paciente en el papel.
Giselle Rivas.
Al leer ese nombre con tanta claridad, Vanesa sintió una punzada en lo más profundo de su corazón.
Sus dedos se encorvaron, apretando el celular con fuerza.
Así que los chismes no eran mentira, eran realidad.
¡Giselle estaba embarazada!
La noticia la dejó en estado de shock.
El celular dejó de sonar, pero de inmediato la pantalla se iluminó con varios mensajes nuevos.
[Fabio, ¿por qué no contestas?]
[La revisión de hoy salió bien, el bebé está muy sanito.]
[Falta poco para mi cumpleaños, ¿qué me vas a regalar esta vez?]
[Fabio, feliz décimo aniversario de novios.]
Un mensaje tras otro.
Los nudillos de Vanesa se pusieron blancos por la fuerza con la que apretaba el papel. Luchó por contener el llanto, pero las lágrimas traicioneras comenzaron a caer, manchando la hoja de los resultados.
De pronto, escuchó los pasos de Fabio acercándose.
Presa del pánico, Vanesa se secó las lágrimas a toda prisa y volvió a guardar el celular y el documento en el bolsillo del saco.
Apenas había logrado disimular cuando Fabio entró, secándose el cabello con una toalla: —¿Sonó mi teléfono?
Vanesa bajó la mirada para esquivar la suya y se apresuró a salir del baño: —¿Ah, sí? No me di cuenta.
—Vanesa, me llamaste hace rato, ¿qué querías? —inquirió él de repente.
Fabio jugaba con el celular en sus manos, con una expresión inescrutable. Había ocultado a la perfección cualquier rastro de molestia por la interrupción de antes.
Vanesa se armó de valor y lo miró con calma: —Nada grave. Es solo que estar todo el día encerrada en la casa me aburre un poco. Estaba pensando en buscar trabajo.
Fabio frunció el ceño, y su mirada se oscureció: —Vanesa, eres la señora Serrano. Tienes que saber cuál es tu lugar y qué debes o no debes hacer. No vuelvas a mencionar lo de trabajar, eso jamás va a pasar.
Su tono fue autoritario, dejándole claro que no había espacio para la negociación.
Vanesa se quedó en silencio.
Se tapó la boca con la mano, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no devolver.
A Fabio le encantaba esa sopa.
A ella no.
Sin embargo, en esos siete años de matrimonio, había aprendido a comerla a su lado fingiendo que la disfrutaba.
Y es que el mundo entero de Vanesa giraba exclusivamente alrededor de Fabio.
Él lo era todo para ella. Vanesa había dedicado su alma a sostener su matrimonio; no importaba cuántas humillaciones aguantara, jamás pronunciaba una queja.
Las pocas veces que Fabio le hablaba con cariño, ella sentía que su vida matrimonial era perfecta, un cuento de hadas absoluto.
Pero esa dulzura resultó ser un veneno mortal.
El hecho de que aún no tuvieran hijos se había convertido en su mayor fracaso a los ojos de la familia Serrano.
Las miradas llenas de desprecio de sus suegros eran dagas clavadas en el pecho de Vanesa.
Pero ella sí había estado embarazada una vez, solo que... había perdido al bebé...
Atrapada en sus tormentosos recuerdos, Vanesa se quedó con la mirada perdida.

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