Luego soltó una risita muy leve: —De lo contrario, no sé de lo que sería capaz. Así que no me obligues a hacer una locura.
Fabio no era el único que sabía amenazar.
Ella también podía hacerlo.
Solo que él lo hacía con todas las cartas a su favor, mientras que a ella ya le daba todo igual.
¿Qué más le quedaba perder?
No podía llevarse a Vicente, pero estaba segura de que Fabio no se atrevería a lastimarlo de verdad.
A fin de cuentas, el bebé no había nacido y sus acciones aún no habían sido transferidas.
Así que Vanesa no había perdido la partida del todo.
Tras decir esto, vio que Fabio se daba vuelta. Tenía una mirada aterradora y caminaba paso a paso hacia ella.
Supo que había ganado.
Pero no sintió ninguna alegría.
Sabía que este tipo de victoria solo los empujaba a ambos, poco a poco, hacia el abismo.
Un punto sin retorno absoluto.
—¿Me vas a matar? —Vanesa alzó la barbilla, mirándolo con altivez.
Fabio esbozó una sonrisa helada: —Vanesa, te juro que esta me la pagas.
—Perfecto —respondió ella con calma.
Tan pronto terminaron de hablar, Fabio le agarró la mano de nuevo, pero esta vez, la muñeca se le dislocó de verdad.
Se escuchó el crujido del hueso, seguido de un dolor tan agudo que le estremeció hasta el alma.
Pero Vanesa se dejó arrastrar por él, impasible.
Aunque se muriera del dolor, jamás se humillaría frente a él ni le diría una sola palabra amable.
Fabio la ignoró y la jaló a la fuerza hacia la salida del hospital.
A las afueras, estaba lleno de los paparazzi.
Donde estuviera Giselle, siempre habría reporteros, sin falta.


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