Vanesa miraba a Fabio a los ojos, pero de reojo no perdía de vista a Giselle.
De repente comprendió lo que se sentía ser la villana del cuento.
Una satisfacción inmensa.
—¿De verdad lo vas a hacer público? —preguntó Vanesa sin inmutarse—. ¿No te da miedo que Giselle se ponga triste cuando se entere?
—No, ella siempre ha sido buena y comprensiva. No me pondría las cosas difíciles por algo así —aseguró Fabio con convicción.
Vanesa bajó la cabeza y soltó una risa leve.
—Fabio, ¿por qué me tratas con tanta dulzura de repente? —continuó.
De pronto, sus ojos brillaron con un destello de gracia, luciendo suave y resplandeciente al mismo tiempo.
Fabio se quedó embelesado por un segundo.
Pero en sus oídos resonó la voz de Vanesa, con un tono casi burlón: —No me digas que te enamoraste de mí... ¿O esperas que volvamos a ser como antes?
Al escuchar eso, el rostro de Fabio cambió de inmediato, volviéndose sombrío y contrariado.
Sintió que Vanesa se estaba pasando de la raya.
Pero el objetivo de Vanesa se había cumplido: vio cómo el rostro de Giselle perdía todo color, quedando pálida como un fantasma, sin siquiera el valor para acercarse a preguntar.
Porque sabía que Giselle era muy consciente de lo que Fabio elegiría antes de tener en sus manos las acciones de la empresa.
Durante siete años de matrimonio, Giselle había estado rondando a Fabio, siempre buscando la ventaja.
Ahora, la suerte había cambiado de bando.
Vanesa tenía el sartén por el mango.
Vio cómo Giselle se daba media vuelta y se marchaba a paso acelerado, pero exteriormente, Vanesa se mantuvo impasible.
—Vanesa, estás delirando. Jamás podría enamorarme de ti. Si te trato bien, es únicamente por las acciones —soltó Fabio, cruel y sin piedad—. Y por un poco de lástima que te tengo, sabiendo lo ciegamente devota que has sido hacia mí.
Esas palabras se clavaron una a una en el pecho de Vanesa.
Pero ya no le importaba.


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