Lanzó el pañuelo a la basura.
Vanesa ya se había incorporado en la camilla.
La mano de Fabio se deslizó por la cintura de Vanesa. Ella intentó apartarse, pero atrapada en su radio de acción, no tenía a dónde huir.
«Fabio, ¿qué demonios quieres?», le exigió Vanesa, incapaz de contenerse, alzando la mirada para enfrentarlo.
Él simplemente se le quedó mirando.
Vanesa le sostuvo la mirada, pero en esos ojos oscuros le fue imposible descifrar qué pasaba realmente por su mente.
De repente, Fabio sonrió.
Vanesa se quedó paralizada, completamente desconcertada.
Él le sujetó el mentón con los dedos. Había desaparecido su habitual crueldad; ahora, en su expresión, bailaba un atisbo de burla.
Fabio bajó el rostro, acercándose peligrosamente a ella.
El roce de su nariz contra la de Vanesa volvió el ambiente insoportablemente íntimo.
«Quiero mimarte. Quiero que te portes bien y dejes de llevarme la contraria en todo», murmuró, pronunciando cada palabra con lentitud.
Sus labios rozaron los de Vanesa como por accidente. Estaban ligeramente fríos.
No profundizó el beso, simplemente se detuvo ahí, respirando su mismo aire.
Atrapada en esa mirada intensa, Vanesa se sintió extrañamente aturdida.
Era como si Fabio hubiera logrado hechizarla.
Reaccionó de golpe y lo empujó con fuerza: «Fabio Serrano, yo soy una mujer de palabra. Si cumples tu parte del trato, no causaré ningún problema y daré a luz a este bebé sana y salva».
Dicho esto, Vanesa caminó apresuradamente hacia la puerta. De verdad temía que las cosas se salieran de control.
Fabio miró su mano vacía, y con total indiferencia, la deslizó de vuelta al bolsillo de su pantalón.
Cuando volvió a fijar sus ojos en ella, su mirada era mucho más afilada.
Con pasos pausados y elegantes, comenzó a seguirla.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ