Esa sensación de náuseas en Vanesa Arias se volvió mucho más evidente.
Pero, para su desgracia, Fabio Serrano seguía hablándole con un tono suave y persuasivo: «No te preocupes, Vanesa. Si no te gusta, lo cambiamos. Hay miles de chefs en el mundo, pero si alguno se atreve a hacer que tú y mi hijo se sientan incómodos, me encargaré de que jamás vuelva a trabajar en este círculo».
Era un tono tan tierno como aterrador.
Vanesa apretó las manos hasta formar puños, pero no se atrevió a moverse.
Fabio la observaba con indiferencia, ocultando en lo más profundo de su mirada una ferocidad incalculable.
En la superficie, parecía un hombre impecable y encantador.
Pronto, el personal de servicio terminó de ordenar el dormitorio principal.
Vanesa intentaba calmar los latidos desbocados de su corazón, pero le tomó mucho tiempo recuperarse.
«Ya que no puedes comer nada, te llevaré a desayunar fuera. ¿Acaso no tenemos agendada tu revisión prenatal para más tarde?», comentó Fabio, cambiando de tema con naturalidad.
Sin darle la oportunidad de negarse, la tomó de la mano y tiró de ella hacia la salida.
Cuando Fabio la sujetó, Vanesa encogió los dedos instintivamente.
Era un gesto de puro rechazo.
Sin inmutarse en lo absoluto, Fabio le fue abriendo los dedos uno por uno, entrelazando su mano grande y firme entre los espacios de la suya con una fuerza inquebrantable.
La condujo hasta el auto.
El vehículo se dirigió directamente hacia el hospital.
La revisión de Vanesa transcurrió sin problemas. El bebé ya tenía 20 semanas y descansaba a salvo en su vientre.
En el monitor de la ecografía, se podía distinguir claramente la pequeña figura del feto.
Al escuchar el rítmico latido, como el galope de un pequeño caballo, y al ver cómo se movía dentro de ella...
Vanesa sintió un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Era la primera vez que realmente sentía la fuerza de esa nueva vida, ese hijo que alguna vez deseó con toda su alma.
Lástima que llegara en el peor momento posible.
Pero, aun así, en ese instante Vanesa se juró a sí misma que protegería a ese bebé con su vida.
Mantenía la mirada fija en la pantalla.
Sin embargo, por el rabillo del ojo, observaba la figura de Fabio.



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