Su actitud gélida contrastaba drásticamente con la euforia del evento.
—¡Feliz cumpleaños, La Diva Rivas! —La energía del lugar estaba por las nubes.
Los organizadores sacaron un imponente pastel; era el momento de pedir un deseo y soplar las velas.
Vanesa seguía clavada en su sitio, impasible.
Y entonces, de repente, le devolvió la llamada al número de Giselle.
La asistente de Giselle se acercó de inmediato y le susurró algo al oído.
Desde la perspectiva de Vanesa, pudo ver cómo a Giselle se le desdibujaba la sonrisa.
Fue un cambio de expresión sutil, pero innegable.
Casi por instinto, Giselle empezó a escanear a la multitud con la mirada.
Vanesa sabía perfectamente que la estaba buscando.
Se mantuvo estática, permitiendo sin ningún problema que Giselle la encontrara.
Finalmente, los ojos de Giselle se toparon con Vanesa.
Vanesa le dedicó una sonrisa silenciosa.
Era exactamente la misma sonrisa provocadora que Giselle solía dedicarle a ella en el pasado.
Ahora se la estaba devolviendo con creces.
Fue la primera vez que vio auténtico terror y nerviosismo en los ojos de Giselle.
De golpe, Vanesa sintió una satisfacción inmensa.
Todos esos años de sentirse minúscula, de dejarse pisotear por Giselle, se revertían por completo en ese preciso instante.
Continuó de pie, manteniendo su fachada inquebrantable.
Porque sabía mejor que nadie lo mucho que a Giselle le importaban las apariencias.
En un evento como ese, Giselle no se permitiría el lujo de cometer un error; aunque tuviera que aguantar la respiración, cumpliría con todo el protocolo.
Giselle era de cristal por dentro; su tolerancia a la presión era en realidad bastante baja.
El único motivo por el que sobrevivía en ese mundillo era porque la sombra de Fabio la protegía, y nadie se atrevía a tocarle un pelo.
La mirada de Vanesa no se apartó de Giselle ni por un segundo.
Sacó su celular nuevamente y marcó el número de Fabio.
Al ver lo que hacía Vanesa, el corazón de Giselle dio un vuelco.
Era la primera vez en su vida que no lograba descifrar el juego de Vanesa.
Siempre había pensado que Vanesa era una presa fácil.
Alguien que, incluso con la bota en el cuello, jamás tendría el valor de defenderse.
Pero en ese momento, vio en los ojos de Vanesa una determinación que rara vez mostraba.



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