Fabio tenía a Vanesa completamente contra las cuerdas, sin ninguna escapatoria.
Ya sin importarle nada, Vanesa soltó la bomba:
—¡Ven para acá! ¡Vamos a dejar las cosas claras!
Y, apenas pronunció esas palabras, cortó la llamada de tajo.
Pero justo después de ese arrebato de valentía y furia ciega, el pánico la invadió.
Había sido demasiado impulsiva.
Se quedó en total silencio.
Se consoló pensando que, seguramente, Fabio no iría.
Pero luego recordó que, la vez anterior, solo le había mandado un mensaje y él había aparecido casi por arte de magia.
Mientras dudaba y su mente daba vueltas, la cerradura giró y Fabio entró directamente a su departamento.
Vanesa sabía que él no había borrado su huella de la cerradura electrónica.
No sabía si lo había dejado pasar por dejar una puerta abierta en su vida o para facilitarle el acceso a él en este tipo de situaciones.
Cuando él avanzó hacia ella, Vanesa lo miró sin saber cómo reaccionar.
Sin embargo, su orgullo la obligó a mantener la fachada:
—¿A qué viniste?
—¿Acaso no fuiste tú quien me ordenó venir? —respondió él con serenidad.
—¿Y si te digo que vengas, vienes? —replicó Vanesa de inmediato.
Sin importar lo que Fabio dijera, Vanesa estaba dispuesta a llevarle la contraria.
Él no mostró signos de molestia; simplemente se quedó observándola.
Bajo esa mirada penetrante, Vanesa se sintió completamente vulnerable, aunque su orgullo le impedía mostrar debilidad.
Él la ignoró por un momento y caminó hacia la habitación de Paz para asegurarse de que la niña estuviera bien.
Vanesa se quedó en la sala, paralizada.
Unos minutos después, él salió.
Se acercó directamente a ella.
Con una mano en el bolsillo, se plantó frente a Vanesa.
—Entonces, Vanesa... ¿Exactamente para qué me llamaste?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ