Vanesa murmuró un asentimiento.
Obviamente, no iba a dejar que la niña tomara un taxi sola.
Como Paz estaba viviendo con él, era lógico que Fabio la trajera.
Miró a su exesposo y lo saludó tímidamente. El ambiente se sentía pesado.
Él, por su parte, actuó como si nada, sentado relajadamente, devolviéndole el saludo con un simple asentimiento de cabeza.
El mesero no tardó en traer el menú.
Y fue Paz quien se encargó de ordenar.
La niña tomó en cuenta los gustos de todos al pedir los platillos.
Vanesa no sintió la necesidad de agregar nada más.
—Fabio, ¿vas a pedir algo más? —le preguntó Paz.
Él sonrió:
—No, con esto es suficiente. Si nos quedamos con hambre, pedimos más.
—De acuerdo —asintió la niña con dulzura.
Luego le entregó el menú al mesero, quien se retiró con educación.
De repente, el área privada en la que estaban quedó sumida en un silencio abrumador.
Quedaba claro que Fabio no tenía ninguna intención de iniciar una conversación.
En realidad, esa actitud era la normal en él; siempre había sido un hombre de pocas palabras.
Solo en los momentos en que intentaba reconquistarla hablaba sin parar, como si estuviera gastando todas las palabras de su vida para persuadirla.
Vanesa apartó esos pensamientos y se mantuvo callada.
Pero Paz no tardó en animar el ambiente.
Vanesa también se dio cuenta de un detalle doloroso.
Cada vez que Fabio abría la boca, era para responderle a Paz o seguirle la plática a ella. A Vanesa ni siquiera la miraba.
Ella se encerró más en sí misma.
La cena transcurrió sin grandes contratiempos, ni bien ni mal.
Pero el momento de irse fue todavía más incómodo.
Paz agarró a Vanesa de la mano:
—Deja que Fabio te lleve a casa.
Vanesa buscó instintivamente la mirada de él, esperando que le tirara un salvavidas para evitar la situación.
Pero él se hizo el desentendido, ignorándola por completo.
Vanesa quería ahorcarlo.

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