—Por otro lado, ya estamos en contacto con un colegio; en un par de días iremos a hacer los trámites de inscripción —continuó Vanesa, contándole sus planes.
Paz no hizo ningún gesto de afirmación ni de negación.
—Si todavía no quieres ir al colegio, no hay problema, podemos esperar —añadió Vanesa con dulzura.
Al fin y al cabo, era solo la etapa preescolar; no importaba mucho si faltaba unos días.
Y así dejó el tema.
Llevó a Paz de regreso a su departamento en la capital.
Como ahora vivirían juntas, Vanesa había contactado de inmediato a una agencia de personal doméstico.
La agencia fue muy eficiente.
Para cuando llegaron, ya había alguien esperándolas.
Era una mujer de unos cuarenta años, un poco robusta, pero con una apariencia muy amable; al sonreír, sus ojos se achinaban de forma afable.
Inspiraba confianza.
Vanesa conversó un rato con ella y se enteró de que había trabajado previamente con un niño autista.
Eso significaba que tenía la paciencia y las herramientas para manejar a niños en situaciones especiales.
Y justo en ese momento, Paz necesitaba a alguien con mucha paciencia.
Además, si Vanesa no alcanzaba a llevar o recoger a la niña, ella tendría que encargarse. A esto se le sumaba cocinar y mantener la casa ordenada. En realidad, era mucho trabajo.
Pero la señora Celia aceptó todo con una amplia sonrisa.
—Se lo encargo mucho —dijo Vanesa, asintiendo con educación.
—No se preocupe, es mi trabajo —respondió la señora Celia, muy servicial.
Vanesa no añadió más.
La señora Celia ni siquiera hizo preguntas innecesarias; simplemente se dirigió a la cocina para ponerse manos a la obra.
Seguramente, desde la casa de los Urbina ya le habían pasado una lista con las comidas favoritas de ambas.
Esos detalles ahorraban mucho tiempo a Vanesa.

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