A Fabio no pareció importarle. Se puso de cuclillas frente a la niña.
—Perdóname —le dijo—. Pero si vas a enojarte con alguien, enójate conmigo, no con Vanesa. Todo esto fue culpa mía desde el principio.
—Ella nunca quiso dejarte, te ama más que a nadie e hizo hasta lo imposible por protegerte. Fue por mi culpa, por no creer en ella en aquel entonces, que tú terminaste en peligro.
—Después, la familia Jiménez te llevó lejos y te salvó la vida. Por supuesto, jamás me volvieron a informar sobre ti.
—En esa época Vanesa estaba en coma, y la señora con la que vivías hasta ahora era la única persona que podía cuidarte. Por eso, la familia decidió ocultar tu origen y dejarte a su cargo.
—Cuando Vanesa despertó y supo que estabas viva, lo primero que hizo fue buscarte.
—Si no te reclamó enseguida, no fue por falta de amor. Sabía que ella misma no estaba bien y que, con todos los problemas que tenía conmigo, acercarse podría ponerte en peligro otra vez.
—Cuando yo supe quién eras, quise llevarte conmigo, pero Vanesa pensó que no era buena idea. Y tenía razón: la familia Serrano atravesaba un momento crítico, llevarte habría sido convertirte en un blanco fácil.
—Por todos esos motivos no dimos el paso de decirte la verdad.
Fabio se lo explicó todo con inmensa calma.
Paz era una niña muy inteligente para su edad; entendía a la perfección cada palabra.
Él solo quería liberarla de esa confusión, que al menos supiera la verdad con claridad.
—Volveré a Jalapa. Si algún día quieres visitarme, las puertas siempre estarán abiertas. Ya tienes mi contacto.
—También puedes hablar con Santiago cuando quieras. Es tu medio hermano, y él te quiere muchísimo.
—Por supuesto, si prefieres no hacerlo, no te obligaré a nada.
—Pero escucha bien, Paz, todos queremos que crezcas sana y feliz. Solo así Vanesa y yo podremos estar tranquilos. —Fabio concluyó sin perder la compostura.
Paz no emitió un solo sonido.
A él tampoco pareció afectarle.
Terminado su discurso, se levantó y se marchó.
Asimilar toda aquella información tomaría tiempo.
De nada servía presionar a una niña de apenas cinco años.

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