Paz parecía consciente; levantó la mirada hacia Vanesa por un instante, pero no dijo nada.
Al menos, no la rechazó.
Vanesa se acercó con cuidado.
—No pienses cosas malas, siempre estaré aquí —le dijo en voz muy suave—.
—Sin importar la forma ni el título, me quedaré a tu lado.
—Si quieres estar en la capital, nos quedamos aquí.
—No es que no te quisiera, solo creí que estarías mejor con la familia Jiménez que conmigo.
—Mi propia vida estaba fuera de control, además de todo este lío de relaciones.
Vanesa le habló con mucha tranquilidad. No profundizó en el pasado, pero le dio un panorama general de su situación.
—Nunca quise ocultarte que soy tu verdadera madre.
—Pero acababas de pasar por una cirugía del corazón, y te falta otra a los doce años. Quería esperar a que estuvieras completamente sana para decírtelo, por miedo a que una emoción fuerte te hiciera daño.
—Que te hayas enterado de esta manera... de verdad lo siento muchísimo.
Vanesa se disculpó de corazón y le dejó claro que, a partir de ese momento, ambas vivirían en la capital.
Paz solo escuchaba. Era imposible saber si realmente comprendía lo que le decían.
A Vanesa no le importó. Acarició con ternura el cabello de la niña, y al notar que Paz no la rechazaba, comenzó a relajarse un poco.
Se quedó acompañándola en la habitación, inmersas en un silencio absoluto.
Las horas pasaron y la luz del día se desvaneció, dando paso a la noche.
Vanesa no se movió de ahí.
Le preparó la cena a Paz.
La pequeña no se negó, aunque comió muy poco.
Para Vanesa, aquello era más que suficiente.
Por lo menos no sentía un rechazo total.

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