Lo único que les quedaba era esperar.
Vanesa permaneció de pie en el pasillo, envuelta en silencio.
Julián la miró con pesadumbre.
—Vanesa, en el fondo sabías que esto podía pasar, ¿no? A fin de cuentas, nada permanece oculto para siempre.
Julián era directo.
Vanesa no respondió.
—Tarde o temprano Paz lo iba a saber. No ibas a poder ocultárselo toda la vida. A medida que creciera, empezaría a sospechar.
—Así que, ya que pasó, hay que afrontarlo. Siempre hay una solución.
Julián intentaba calmarla.
—Lo importante ahora es que está a salvo. De lo demás se encargará el psicólogo.
—Tú misma pasaste por algo parecido y sabes que de esto se sale por voluntad propia. Paz es una niña muy inteligente, no dejará que esto la destruya.
Hablaba pausadamente, eligiendo cada palabra.
Pero por más que intentara reconfortarla, Vanesa no lograba relajarse.
Julián optó por callar y solo hacerle compañía.
A Vanesa le tomó mucho tiempo estabilizar sus emociones.
Finalmente, el psicólogo salió de la habitación.
Vanesa se acercó deprisa.
—¿Cómo está? —preguntó.
El doctor fue honesto.
—Fue un impacto repentino que la desestabilizó. Algo que se negaba a aceptar: sentirse abandonada por quienes más amaba. Le tomará tiempo asimilarlo y recuperarse. Ahora mismo prefiere el silencio y no habla, pero no hay que presionarla. Hablará cuando esté lista, cuando logre entender todo esto.

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