«¿La señora Angelini...?», repitió Davinna en su mente, sintiendo que el aire dentro de esa casa se volvía asfixiante y pesado. Entonces... ese maldito estaba casado. Por un segundo sintió una punzada extraña revolviéndole el pecho, un dolor amargo que no supo descifrar si era rabia por la farsa, vergüenza ajena o una profunda lástima por la mujer que tenía enfrente. Porque su marido no solo se acostaba con desconocidas, sino que acababa de secuestrar a la madre de su futuro hijo para meterla en su propia casa.
En ese instante, la puerta principal se abrió de par en par y Matthias entró al vestíbulo. Caminaba con pasos tranquilos, ajustándose los puños de la camisa, completamente ajeno a la tensión que se respiraba en el ambiente. Ni siquiera se molestó en mirar los rostros de ambas mujeres antes de hablar.
—Veo que ya conociste a Davinna —soltó con una naturalidad que le revolvió el estómago a la joven pastelera.
Devora se giró hacia él de inmediato, borrando cualquier rastro de la leve sonrisa fría que le había mostrado a Davinna. Su postura se volvió rígida como el mármol.
—Matthias... —murmuró la rubia, intentando frenar el paso del hombre.
Él no se detuvo, pasando entre ellas dos en dirección a la amplia escalera central.
—A partir de hoy vivirá aquí —expuso el mafioso.
Devora apenas movió un músculo ante la revelación, pero sus hombros se tensaron bajo la fina seda de su vestido. Mantuvo la voz modulada, aunque una corriente helada se percibía en cada sílaba.
—¿Puedo saber por qué?
Matthias se detuvo en el primer escalón, girándose levemente sobre su eje. Respondió con una tranquilidad casi despiadada, mirando a Devora a los ojos.
—Porque espera un hijo mío.
En ese segundo, aquel gesto de hielo de Devora se rompió por completo. No hizo un escándalo, ni gritó, ni derramó una sola lágrima, pero la sorpresa absoluta le atravesó el rostro. Los ojos claros se le abrieron un poco más de lo normal y los labios se le tensaron en una línea delgada e inexpresiva. Le tomó un segundo entero recuperar la compostura, tragando saliva antes de alzar el mentón nuevamente, pero la palidez de sus mejillas delató que la noticia le había calado mucho más profundo de lo que cualquier desconocido podría notar.
Matthias no esperó una respuesta. Bajó la vista hacia la maleta de Davinna, que el personal aun no había llevado a la habitación, la tomó y le hizo un ademán tajante a la chica.
—Ven.


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