Caminó por el pasillo y abrió la puerta de la habitación de Davinna sin molestarse en tocar. La casa era suya y jamás se le cruzó por la cabeza pedir permiso para entrar a un cuarto de su propia propiedad.
La luz de la luna entraba por el ventanal, iluminando la figura de Davinna profundamente dormida de lado, con el cabello despeinado sobre la cara y el pijama fino marcando sus curvas. A su lado, Sicario dormía plácidamente hecho una bola.
Matthias se acercó a la cama y permaneció varios segundos de pie, observándolos. Le resultaba sumamente curioso ver cómo el monito, que solía morder y atacar a cualquier desconocido que intentara tocarlo, se había apegado a ella en cuestión de días. Extendió la mano para tomar al capuchino del lomo y llevarlo a su cuarto, pero en cuanto rozó al animal, Sicario abrió los ojos, emitió un chillido de protesta y se agarró con fuerza de la camiseta de Davinna, dándole la espalda a su dueño.
Matthias alzó una ceja, soltando un resoplido de fastidio.
—Traidor —murmuró en voz muy baja, dejando al mono en paz para no despertar a la mujer.
Antes de dar la vuelta para salir, su mirada bajó hacia el vientre de Davinna, todavía plano bajo la tela delgada del pijama. La idea de que esa mujer llevaba a su heredero le encendió de nuevo un sentido de posesión absoluto. No se imaginaba jugando a la familia feliz; simplemente sabía que la deseaba con una intensidad rabiosa y que jamás iba a permitir que otro hombre la tocara.
Salió en silencio y cerró la puerta tras de sí.
…
A la mañana siguiente, el sol brillaba con fuerza sobre la pastelería. Davinna había salido temprano, por fortuna no se encontró con Matthias. El aroma a mantequilla horneada, azúcar frita y café recién molido llenaba cada rincón del establecimiento. Tras la barra de cristal, Chiara terminaba de acomodar una bandeja de tartas de fresa mientras Davinna, con el delantal puesto y una manga pastelera entre las manos, decoraba con precisión una serie de pastelillos para un pedido especial.
Estar de vuelta en su negocio le devolvía a Davinna la sensación de paz y control que la mansión le robaba a diario. Su trabajo era lo único verdaderamente suyo, la prueba de que podía valerse por sí misma sin depender del dinero de los Allen ni de la protección forzada de los Angelini.
En una de las mesas cercanas a la ventana, Elio Caruso permanecía sentado, vistiendo un traje oscuro impecable. Aunque intentaba mantener un perfil bajo, su corpulencia y la forma en que vigilaba la puerta hacían imposible que los clientes no lo notaran.


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