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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 20

Había una atracción física real, una electricidad incómoda entre los dos que la exasperaba tanto como la atraía.

Resopló, molesta consigo misma. Se quitó la ropa de la tarde y se puso un pijama de tela suave y extremadamente ligera, compuesto por un short corto y una blusa delgada de tirantes sin sujetador debajo. El tejido fino dejaba adivinar con total descaro la firmeza de sus pechos y los pezones endurecidos por el roce continuo de la tela. No se molestó en peinarse ni en mirarse demasiado al espejo; quería convencerse de que no estaba haciendo el menor esfuerzo por verse atractiva. Solo iba a ir, darle el maldito beso para cerrar la deuda absurda que él se había inventado y regresar a su cama.

Salió al pasillo a pasos silenciosos y abrió la puerta del dormitorio de Matthias.

El lugar estaba vacío, pero sobre la enorme cama matrimonial, acurrucado justo en el centro sobre las cobijas de seda, estaba Sicario. El monito la miró con los ojos muy abiertos, sosteniendo un pequeño cojín entre las patas. Davinna no pudo evitar que se le suavizara el rostro. La tensión se le aflojó un poco en los hombros. Avanzó despacio, se sentó en la orilla del colchón y estiró la mano para acariciarle el lomo con suavidad. El animal chilló muy bajito, cerró los ojos y terminó recargando la cabeza cerca de su rodilla, dejándose consentir.

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Matthias entró a la habitación quitándose el reloj de pulsera. Se frenó en seco al verla ahí sentada, envuelta en esa prenda ligera que le dejaba las piernas descubiertas y el cabello cayéndole en ondas despeinadas sobre los hombros, marcando con descaro las puntas erguidas de sus pezones tras la tela fina. Se le quedó viendo durante varios segundos, recorriéndola despacio de pies a cabeza antes de romper el silencio.

—Estás demasiado desarreglada para haber venido a seducirme —dijo Matthias, con un tono burlón que le raspó el orgullo a ella.

Davinna levantó la mirada de golpe, apartando la mano del mono y clavándole una mirada llena de indignación.

—Yo no vine a seducirte a ningún lado.

Matthias avanzó hacia ella lentamente, soltándose los primeros botones de la camisa blanca.

—A ver, explícame entonces —prosiguió él, deteniéndose a un metro de la cama—. Estás vestida con casi nada, sentada en mi cama, a esta hora de la noche. Cualquier hombre pensaría que cruzaste el pasillo porque estabas desesperada por follar nuevamente conmigo.

Davinna sintió que el calor le subía a las mejillas, encendiéndole el rostro de rabia y vergüenza.

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