La puerta de la mansión se abrió de golpe, chocando contra el tope de mármol con una fuerza que resonó en todo el vestíbulo. No fue un sirviente. Fue Ricardo.
Irrumpió en la casa como un huracán contenido, su rostro una máscara de furia tan controlada que era más aterradora que cualquier grito. Ignoró a la señora Elena, que se apresuró a recibirlo con una expresión de alarma. Ignoró a dos doncellas que se apartaron de su camino como si fuera la encarnación de una plaga.
No se detuvo. Subió las escaleras de dos en dos, sus zapatos italianos de piel golpeando el mármol con una cadencia violenta y decidida. Su destino era claro, su propósito, singular.
La puerta de la habitación de Alejandra no estaba cerrada con llave. Ricardo no se molestó en tocar. La abrió de un empujón y entró, cerrándola tras de sí con un clic definitivo que selló la habitación del resto del mundo.
Alejandra estaba sentada en el borde de su cama. Se había quitado la blusa rasgada y llevaba una simple camiseta de algodón. Estaba examinando el rasguño en su antebrazo, ahora limpio y cubierto con el vendaje que Valeria le había puesto. Levantó la vista, sorprendida por la entrada violenta, pero su expresión se endureció al verlo.
Él se quedó de pie en medio de la habitación, sus manos apretadas en puños a sus costados. Observó el vendaje blanco, una mancha de vulnerabilidad en la piel de ella que parecía quemarle los ojos.
Su voz, cuando finalmente habló, no fue un grito. Fue un susurro, un siseo peligrosamente calmado que reptó por la habitación y se enroscó alrededor de Alejandra.
—¿Qué pasó?
Alejandra lo miró, su mente corriendo a toda velocidad. Sabía que él ya conocía parte de la verdad. El chófer había hablado. Pero la verdad completa, el hecho de que había sido un ataque premeditado y brutal, era un arma. Un arma que, en manos de Ricardo, se convertiría en las barras de una nueva jaula. La preocupación de Ricardo nunca era solo preocupación; era un preludio al control.
Decidió mentir. Minimizar. Desviar.
—No fue nada —respondió, su tono era deliberadamente casual—. Me tropecé en la acera. La banqueta estaba rota y me rasgué con una reja al caer.

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Hasta ahora esta muy interesante...