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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 329

La desesperación es un combustible poderoso.

Impulsada por una última oleada de adrenalina y negación, Natalia se vistió y salió del spa como un huracán.

No llamó a un chófer. Condujo ella misma su Maserati, las calles de lujo de Polanco pasando como un borrón a través de sus lágrimas de rabia.

Solo tenía un destino.

La Torre Estevez.

Tenía que ver a Ricardo. Tenía que hablar con él.

Si podía mirarlo a los ojos, si podía llorar, si podía tocarlo, podría hacerlo entender. Podría arreglarlo.

Siempre podía.

Estacionó bruscamente en la entrada del edificio, dejando el coche de lujo en manos de un valet atónito.

Entró al imponente lobby de mármol y acero, su refugio, su futuro hogar.

Caminó directamente hacia los torniquetes de acceso del ascensor privado.

Sacó su tarjeta de acceso, la que Ricardo le había dado, el símbolo de su pertenencia.

La pasó por el lector.

Una luz roja parpadeó.

Acceso denegado.

Lo intentó de nuevo.

Luz roja. Bip. Acceso denegado.

Se quedó helada. Miró la tarjeta en su mano como si fuera un objeto extraño.

La recepcionista, la misma joven que semanas atrás se habría deshecho en halagos, la miraba desde detrás de su mostrador.

Su rostro no mostraba compasión. Ni siquiera curiosidad.

Era una máscara de fría y educada profesionalidad.

Natalia se acercó al mostrador, su voz un siseo desesperado.

—Mi tarjeta no funciona. Anuncie mi llegada. Vengo a ver al señor Estevez.

La recepcionista ni siquiera parpadeó.

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