Su cuartel general para la conspiración fue una cafetería de lujo en el corazón de Polanco.
Un lugar con arte pretencioso en las paredes y precios que eran un insulto a la lógica.
Era el tipo de lugar que pronto no podrían permitirse si las cosas seguían como iban.
La ironía se les escapaba.
Se sentaron en un reservado de terciopelo, sus rostros tensos, susurrando como dos criminales de poca monta planeando un atraco.
—Tenemos que hacer algo —dijo Sofía, dando un golpecito nervioso a la mesa con sus uñas de acrílico—. No podemos dejar que siga construyendo su pequeño imperio de lodo.
Mateo asintió, su mente trabajando febrilmente.
—Pero, ¿qué? Atacarla directamente es imposible.
La frustración era palpable en su voz.
—Ricardo le puso tres gorilas como sombras. Tres. La siguen a todas partes. Acercarse a ella es imposible sin que él se entere.
—¿Y el negocio? —sugirió Sofía—. Podríamos mandar a alguien a que se queje, como hicimos la última vez.
—No seas estúpida —replicó Mateo con desprecio—. Ya usaron esa carta. Ahora todo el mundo la ve como una santa. Si alguien más se queja, parecerá un sabotaje obvio. La gente la defenderá. Se volverá aún más popular.
Se quedaron en silencio, el peso de su impotencia cayendo sobre ellos.
Estaban atrapados.
Ella era intocable físicamente. Su negocio era inmune a los ataques frontales.
Mateo tomó un sorbo de su café carísimo, el sabor amargo reflejando su estado de ánimo.
Y entonces, una idea comenzó a formarse.
Una idea indirecta. Cobarde. Y por eso mismo, perfecta para ellos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...