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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 294

Se arrodilló en el suelo de mármol frío del vestidor, la caja de cartón anónima frente a él como un sarcófago de secretos.

La luz de la luna, filtrada por un tragaluz, era la única testigo de su profanación.

Sus manos, normalmente tan firmes y seguras, temblaban ligeramente mientras levantaba la tapa.

Dentro, no había un sombrero.

Había una bolsa de tela, de un terciopelo suave y oscuro, del tipo que usan las marcas de lujo para proteger sus bolsos más caros.

Estaba cerrada con un cordón de seda.

Ricardo sintió que su corazón se detenía por un instante.

¿Qué podía ser tan valioso o tan secreto como para merecer este escondite?

Con una lentitud que era una tortura, deshizo el nudo.

El cordón se aflojó.

Metió la mano en la oscuridad de la bolsa.

Sus dedos tocaron algo.

No era cuero. No era tela. No era metal.

Era suave, flexible y extrañamente cálido al tacto, como si retuviera el calor corporal.

Tenía una textura que se sentía inquietantemente como la piel.

Con el aliento atascado en la garganta, lo sacó.

El objeto salió de la bolsa con un suave susurro de tela contra silicona.

A la pálida luz de la luna, su forma era inconfundible.

Era de un color carne, con un realismo perturbador.

Era pesado, denso, con la curva perfecta y lisa de un vientre de embarazada de unos cinco meses.

Una prótesis.

Ricardo se quedó de pie, en el silencio absoluto de la noche, sosteniendo en sus manos la prueba física de la mentira más grande de su vida.

El vientre falso de silicona.

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