El sorbo de vino prohibido había abierto una compuerta en la mente de Ricardo.
La duda, antes una corriente subterránea, ahora era un río caudaloso que amenazaba con arrasarlo todo.
Su sospecha se convirtió en una obsesión silenciosa.
Se transformó en un científico, en un auditor. Su vida con Natalia ya no era una relación, era un caso de estudio.
Y comenzó a observar, a recolectar datos.
El primer dato inconsistente fue el vientre.
La mañana después de la cena, la encontró en la cocina del penthouse, bebiendo un té de jengibre.
Llevaba una bata de seda, y cuando se giró de perfil para alcanzar una taza, él lo vio.
Su vientre estaba casi plano.
Había una suavidad, sí, pero no la curva firme y definida de una mujer embarazada de casi tres meses.
—Buenos días, mi amor —dijo ella, su voz era un susurro somnoliento—. El bebé me tuvo despierta toda la noche con sus pataditas.
La mentira fue tan burda, tan biológicamente imposible a esas alturas del embarazo, que Ricardo sintió una punzada de náusea.
Él no dijo nada. Simplemente asintió, su rostro una máscara de neutralidad.
Esa misma noche, tenían una gala.
Natalia salió de su vestidor, transformada. Llevaba un vestido de gala de corte imperio, diseñado específicamente para acentuar el embarazo.
Y allí estaba.
Una curva perfecta. Pequeña, redonda, prominente. La pancita de embarazada de manual.
El contraste con la imagen de la mañana era tan discordante que era casi cómico.
La observó mientras se miraba en el espejo, acariciando la curva con una sonrisa maternal.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...