Graciela Arellano se había ido, dejando tras de sí el aroma a café y una alianza forjada en el fuego de la verdad.
La soledad que encontró Alejandra al regresar al penthouse de Santa Fe era diferente.
Ya no era el silencio opresivo de una jaula.
Era la quietud de un campo de batalla antes del amanecer.
La llamada con Valeria, después de su propia victoria en el concurso, había sido un ancla. Pero la conversación con Graciela era una brújula.
Le había mostrado el norte.
Se quedó de pie en medio del vasto salón, observando el lujo estéril que la rodeaba. Los sofás de diseño, el arte abstracto, los ventanales que mostraban una ciudad que no podía tocar.
Todo le pareció falso. Un decorado.
Y ella ya no quería ser parte de la obra.
La victoria en el concurso, la humillación de Natalia, la alianza con Graciela… no eran el final del juego. Eran el principio.
Pero para empezar de verdad, tenía que cortar la última y más gruesa de sus ataduras.
La dependencia.
Fue a su habitación. No encendió las luces.
Se arrodilló y sacó de debajo de la cama un viejo cuaderno de espiral, uno que había comprado en una papelería de barrio hacía meses.
Lo abrió sobre la alfombra.
Las páginas estaban llenas de ideas, de planes de negocio esbozados en la soledad de sus noches de insomnio.
"Línea de tés medicinales". Tachado. Demasiado de nicho.
"Servicio de catering oaxaqueño de alta gama". Tachado. Demasiado capital inicial.
Sus dedos pasaron las páginas, cada plan tachado un recordatorio de un sueño que parecía inalcanzable.
Hasta que llegó a una página.
En el centro, escrita con una caligrafía firme, había una sola palabra.
"Raíz".

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...