Al día siguiente, el mercado de Tlacolula bullía con la misma energía caótica y vibrante.
Graciela regresó.
Esta vez no se sentó a observar desde lejos. Con su mochila de lona al hombro y una determinación tranquila, se unió al río de gente y se dirigió directamente hacia el puesto de Elena.
Esperó su turno pacientemente, detrás de una mujer que compraba un kilo de chiles guajillos.
Cuando llegó su momento, Elena la atendió con la misma eficiencia cortés pero distante que reservaba para los extraños.
—Buenas tardes. ¿Qué le voy a dar?
Graciela no se presentó. Jugó su papel a la perfección.
—Buenas tardes —dijo, su voz era la de una clienta más—. Deme, por favor, cien gramos de orégano de la sierra y un cuarto de pasilla mixe.
Señaló los chiles correctos sin dudar.
Elena asintió, recogiendo los ingredientes con una pala. Notó la especificidad del pedido, pero no hizo ningún comentario.
Mientras pesaba el orégano en la balanza de latón, Graciela continuó, su tono era casual, pero la pregunta estaba afilada como un cuchillo.
—Perdone la pregunta —dijo, mirando una canasta de chiles chilhuacles negros, arrugados y de aspecto intimidante—. Veo que tiene chilhuacle negro. Es muy difícil de encontrar de esta calidad.
Elena levantó la vista, una chispa de interés en sus ojos.
—Solo lo traigo por encargo —respondió, su voz todavía cautelosa.
—Lo imagino —dijo Graciela—. He estado intentando perfeccionar una receta antigua, pero tengo un problema con el secado. No logro el equilibrio.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...