Después de dos horas de observación, Graciela decidió cambiar de puesto de espionaje.
Dejó el puesto de tejate y se acercó a un puesto contiguo al de Elena, uno que vendía alebrijes de colores chillones.
Fingió admirar las figuras de madera, su cuerpo girado de tal manera que podía ver y oír la interacción en el puesto de chiles con más claridad.
Fue entonces cuando presenció la escena que le enseñaría todo lo que necesitaba saber.
Un joven se acercó al puesto de Elena.
Graciela lo reconoció al instante por las revistas de gastronomía. Era Javier Solís, el nuevo chef estrella de un restaurante de moda en el centro de Oaxaca, famoso por su "cocina de autor" y sus precios exorbitantes.
Llevaba una filipina de diseñador y unos lentes de sol que probablemente costaban más que el inventario de tres puestos del mercado.
—Buenas tardes —dijo, su tono era el de un rey visitando una provincia lejana—. Necesito chiles anchos. La mejor calidad que tengas. Una cantidad considerable. Es para mi platillo de autor.
La condescendencia goteaba de cada palabra.
Elena lo miró, sus ojos oscuros evaluándolo sin prisa. No parecía impresionada.
—Tengo buen chile —dijo simplemente.
Tomó una bolsa de papel de estraza y, con una pala de metal, la llenó de los chiles anchos, oscuros y brillantes.
Se la entregó.
El chef la tomó y, con un aire de experto, abrió la bolsa y metió la nariz para oler el contenido.
Inhaló profundamente. Frunció el ceño.
—Mmm —dijo, su tono ahora crítico—. Huele un poco ahumado de más, ¿no crees? Para mi platillo necesito un perfil de sabor más limpio, más afrutado.
Graciela casi se atragantó. Era la crítica más ignorante que había escuchado en su vida. El ligero ahumado era el signo de un secado tradicional al sol, no de un secado industrial. Era la marca de la calidad, no de un defecto.
Elena no se alteró. Su rostro permaneció impasible.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...