Valeria no tenía un estudio de grabación. No tenía un equipo de relaciones públicas. No tenía un guion pulido ni una iluminación profesional.
Tenía un teléfono celular con la batería al cuarenta por ciento.
Y tenía una furia justa que ardía como un motor V8.
Se encerró en el pequeño almacén de la refaccionaria de su padre. El lugar olía a aceite, a llantas de caucho y a polvo acumulado. Era su santuario, su único espacio privado en el mundo.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra un estante de metal lleno de filtros de aire y bujías.
La luz provenía de un único foco fluorescente que parpadeaba en el techo, proyectando sombras duras y poco favorecedoras sobre su rostro.
Le importaba un bledo.
Abrió la cámara frontal de su celular. Vio su propio reflejo: el cabello desordenado, las ojeras de una noche sin dormir, la determinación de acero en sus ojos.
No ensayó. No planeó sus palabras.
Simplemente presionó "Grabar".
Y habló desde las entrañas.
—A ver, a toda esa gente que le está aplaudiendo a la princesita Natalia como si fuera la reencarnación de la Madre Teresa —comenzó, su voz era cruda, directa, sin filtros—. Tengo una pregunta para ustedes: ¿son ciegos o son pendejos?
La crudeza de sus palabras era un golpe en la cara, diseñado para despertar a la gente de su trance mediático.
—¡Les vendió un cuento de hadas de niña rica arrepentida y se lo tragaron enterito! ¡Con todo y la cucharada de falsas lágrimas!
Se inclinó hacia la cámara, su rostro llenando la pantalla.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...