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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 262

Lejos del silencio estéril de Santa Fe, en el corazón ruidoso y vibrante de la colonia Morelos, el aire olía a fritanga, a plástico quemado y a una autenticidad que no se podía comprar.

En un pequeño local de internet, metido entre un puesto de reparación de celulares y una tienda de artículos de santería, Valeria Domínguez miraba fijamente una pantalla de computadora que parpadeaba.

El café que tenía al lado se había enfriado.

Estaba viendo los titulares. Las mismas fotos. Las mismas sonrisas falsas. La misma narrativa venenosa.

"La humildad de una reina".

"Un gesto de grandeza".

Con cada titular, la rabia en su interior crecía, una marea hirviente que amenazaba con desbordarse.

Finalmente, no pudo más.

Golpeó la mesa de formica con el puño. El monitor se tambaleó.

—¡Hijos de su reputísima madre!

El dueño del local, un hombre acostumbrado a los arrebatos de sus clientes, ni siquiera levantó la vista.

Sus amigos, dos mecánicos que la habían acompañado a tomar un descanso, la miraron con preocupación.

—Ya, Vale, cálmate —dijo uno de ellos, un tipo corpulento apodado "El Oso"—. No ganas nada.

—¿Que no gano nada? —replicó ella, su voz era un siseo—. ¿Viste esto? ¡La pintan como una santa! ¡A la pinche fresa plagiadora! ¡Y a Ale la ponen como una malagradecida!

—Así es el mundo, flaca —dijo el otro, más delgado y conocido como "El Chispas"—. Los que tienen lana siempre escriben la historia. No te metas. Son los Estevez. Esa gente no juega. Te van a desaparecer.

La advertencia era real. Sincera. Venía de un lugar de genuina preocupación.

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