Christian Herrera, el presentador, tenía lágrimas en los ojos.
Estaba completamente cautivado por el teatro de Natalia.
Se giró hacia Alejandra, su rostro radiante de una emoción genuina.
—¡Alejandra! ¡Alejandra, por favor, sube al escenario! —su voz retumbaba, tratando de hacerse oír por encima de la ovación—. ¡Sube a recibir este increíble, este histórico gesto de deportividad y gracia!
La invitación era una orden.
El foco de luz, que había estado sobre el ganador oficial, se movió, barrió el plató y se posó sobre Alejandra.
La atrapó.
Se sintió como la mirada de un francotirador.
Todo el ruido del estudio se desvaneció, y lo único que pudo oír fue el latido de su propio corazón, un tambor sordo y pesado.
Estaba atrapada.
Completamente atrapada.
Si se negaba a subir, si rechazaba la "ofrenda de paz", la narrativa de Adrián y Natalia se solidificaría para siempre.
Confirmaría que era una niña malcriada, una arpía celosa incapaz de aceptar la generosidad.
Sería su fin.
Si subía, estaría participando en su propia humillación.
Estaría validando la farsa de Natalia.
Se convertiría en un peón en el espectáculo de coronación de su enemiga.
Miró a la multitud. Vio sus rostros, bañados en lágrimas de admiración por Natalia. Vio sus miradas, ahora giradas hacia ella, expectantes.
Esperaban que ella completara la historia.
La historia de la pecadora redimida por la santa.
No tenía elección.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...