Alejandra no se derrumbó.
La humillación pública, la marea de odio en línea, la brillantez de la trampa de sus enemigos… no la rompieron.
La forjaron.
En lugar de retirarse a la oscuridad de su habitación, se dirigió a la cocina del penthouse.
Era el santuario de Ricardo. Un espacio de calibre profesional, de acero inoxidable y mármol negro, diseñado para chefs privados y cenas de gala.
Un lugar que ella rara vez usaba.
Hasta ahora.
Se ató un delantal negro sobre su ropa. Se recogió el pelo en una coleta apretada.
Y entonces, encendió el fuego.
No una hornilla.
Todas.
Con un giro rápido de sus muñecas, las seis hornillas de la estufa de gas de alta gama cobraron vida.
Un muro de llamas azules rugió en el silencio, el sonido sordo y poderoso llenando la cocina.
El aire se calentó al instante.
Comenzó a moverse.
No con la delicadeza de una artista. No con la paciencia de una investigadora.
Se movía con una energía febril, casi violenta, pero controlada.
Cada movimiento era preciso. Afilado.
Abrió el refrigerador y sacó ingredientes al azar.
Cebollas, ajos, chiles secos de una docena de variedades.
No estaba siguiendo una receta.
Estaba siguiendo un instinto.
Su cuchillo se convirtió en una extensión de su voluntad.
El golpeteo rítmico contra la tabla de cortar era un tambor de guerra.
Rápido. Fuerte. Implacable.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...