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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 232

El cuarto de seguridad era pequeño, claustrofóbico y olía a café rancio y a la electricidad estática de los monitores.

La única luz provenía del brillo azulado de las pantallas, que proyectaba sombras danzantes en los rostros tensos de los tres hombres.

Sánchez, con la paciencia de un monje, rebobinó la grabación hasta el momento exacto.

En la pantalla principal, la escena cobró vida.

Se veía a Natalia y a Alejandra salir a la terraza.

La calidad de la imagen era sorprendentemente nítida. Se podía ver la tensión en la postura de Natalia, la calma desafiante en la de Alejandra.

Ricardo se inclinó aún más, sus ojos de depredador escaneando cada píxel, buscando el momento, la prueba.

—Ahí —dijo, su dedo índice casi tocando la pantalla—. Sube el volumen.

Sánchez obedeció. El audio era débil, distorsionado por el murmullo de la fiesta y la distancia, pero se podían distinguir fragmentos de la confrontación. Los gritos de Natalia.

"¡Déjame en paz!".

"¡Piensa en mi bebé!".

Luego, la imagen mostraba a Ricardo y a Adrián irrumpiendo en la escena.

—Ahora viene —susurró Ricardo para sí mismo, su cuerpo tenso por la anticipación.

Vieron el forcejeo. Vieron a Natalia agarrando el brazo de Alejandra.

Vieron el supuesto resbalón.

Vieron la caída.

Y entonces, la frustración golpeó a Ricardo como una pared de ladrillos.

La cámara principal de la terraza, montada en lo alto de una de las paredes del edificio, tenía una vista amplia, casi panorámica.

Pero no era perfecta.

Una enorme columna ornamental de cantera, un capricho arquitectónico del diseñador del club, se interponía en el camino.

Junto a ella, una exuberante palmera en una maceta gigante extendía sus hojas como un abanico.

Y juntas, la columna y la palmera creaban un ángulo ciego.

Un punto muerto.

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