Justo cuando la amenaza de Natalia quedaba suspendida en el aire, fría y afilada como un trozo de hielo, un sonido rompió la tensión. El eco de unas risas apagadas. Un par de invitados, buscando escapar del calor del salón, habían abierto la puerta de cristal que daba a la terraza.
La presencia de un público, por pequeño que fuera, lo cambió todo.
En una fracción de segundo, el rostro de Natalia sufrió una metamorfosis asombrosa. La máscara de odio puro se disolvió, reemplazada por una de pánico y vulnerabilidad. Sus ojos, que momentos antes ardían de rabia, se llenaron de lágrimas. Su cuerpo, antes tenso y agresivo, se encogió, adoptando una postura de víctima aterrorizada.
Dio un paso atrás, alejándose de Alejandra, creando una distancia que la pintaba como la parte acosada.
Y entonces, elevó la voz.
Ya no era el siseo venenoso de la confrontación privada. Era un grito tembloroso, cargado de un miedo perfectamente actuado, diseñado para viajar, para atraer la atención, para ser escuchado.
—¡Por favor, Alejandra, déjame en paz! —suplicó, su voz rompiéndose en un sollozo convincente—. ¡Te lo ruego!
Los invitados que acababan de salir se detuvieron en seco, sus expresiones curiosas transformándose en shock. La escena era inequívoca: dos mujeres al borde de una alberca, una llorando y suplicando, la otra de pie, estoica y silenciosa, pareciendo una agresora fría.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...