El Club de Industriales era uno de esos lugares en la Ciudad de México donde el poder no se susurraba, se respiraba. Ubicado en el corazón de Bosques de las Lomas, era una fortaleza de discreción y lujo extremo. Mármol travertino, maderas preciosas y obras de arte de Rivera y Tamayo colgaban en las paredes, no como decoración, sino como casuales recordatorios del estatus de sus miembros.
Esa noche, el club estaba en su máximo esplendor, albergando la gala de los patrocinadores. La élite de México, la que movía los hilos del país, estaba allí.
Cuando Alejandra bajó del auto con Ricardo, sintió el cambio inmediato en la atmósfera. No era el frenesí mediático de una alfombra roja. Era algo mucho peor. Era el silencio juzgador de los poderosos.
Mientras caminaban por el gran vestíbulo, los susurros seguían su paso como el siseo de las serpientes. Las miradas no eran directas; eran vistazos de reojo, miradas por encima del borde de una copa de champán, conversaciones que se detenían abruptamente cuando ella pasaba. Eran como agujas, invisibles pero afiladas, clavándose en su piel.
Llevaba el vestido que Ricardo le había ordenado, un diseño elegante pero deliberadamente insípido, en un tono beige que la hacía casi desaparecer contra las paredes de mármol. Era un uniforme de rendición.
Ricardo la guiaba con una mano firme en la parte baja de su espalda, un gesto que parecía protector pero que en realidad era una correa. Su rostro era una máscara de cordialidad forzada, saludando a socios y rivales por igual, mientras la arrastraba hacia el corazón del territorio enemigo.
Su mesa estaba en el centro del gran salón, la más visible, la más importante. Y era una obra maestra de crueldad psicológica.
Natalia ya estaba allí, sentada como una reina en su trono. Lucía radiante, enfundada en un vestido rojo sangre que acentuaba su figura y su falso embarazo. A su lado, con una devoción casi perruna, estaba Adrián Morales.
Y al otro lado de la mesa, como dos gárgolas esperando para atacar, estaban Sofía y Mateo. Sofía, con la mirada llena de un odio renovado tras su humillación pública. Mateo, con una sonrisa burlona que no ocultaba su resentimiento.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...