Mientras la música final del programa sonaba y Christian Herrera despedía la transmisión con una sonrisa deslumbrante, las cámaras hicieron un último barrido por el estudio, capturando las reacciones finales que contaban la verdadera historia de la noche.
El foco principal estaba en Alejandra, de pie, sola y serena en su estación, pero la historia secundaria se desarrollaba en los rostros de quienes la rodeaban.
La cámara se detuvo brevemente en los otros diecinueve concursantes. Sus expresiones eran un estudio fascinante de la naturaleza humana. Ya no había desprecio. La burla se había evaporado. En su lugar, había una compleja mezcla de shock, una envidia casi dolorosa y, sobre todo, un nuevo y profundo respeto a regañadientes.
Se miraban unos a otros, y luego a Alejandra, y el entendimiento era universal. Se habían dado cuenta de que la mujer de la estación trece no era una aficionada con suerte. No era una advenediza que había tropezado con una buena receta.
Era la rival a vencer. Era el estándar contra el cual todos serían juzgados. El juego había cambiado, y ella, la chica que habían descartado como "comida de pobres", ahora era la reina.
Luego, la cámara, con una intuición casi depredadora, hizo un paneo rápido hacia la zona de patrocinadores, la torre de marfil desde donde los titiriteros manejaban los hilos.
Ricardo Estevez ya se había ido, incapaz de seguir presenciando la coronación. Pero Adrián Morales seguía allí.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...