El eco de la pregunta del presentador resonó en el cráneo de Natalia como una sentencia de muerte. El país entero espera su puntuación.
Todas las miradas, antes un bálsamo para su ego, ahora eran lanzas. Podía sentir el desprecio de Graciela Arellano a su lado, la curiosidad analítica de Jean-Pierre, y la expectación hostil del público. La estaban juzgando a ella.
Su mente, normalmente un torbellino de planes y manipulaciones, se quedó en blanco por un segundo. Estaba atrapada. Su carrera se basaba en la percepción, en la imagen de una experta serena y objetiva. Si le daba a Alejandra una puntuación ridículamente baja, un uno o un dos, la máscara se caería por completo. Se vería como lo que era: una mujer vengativa, mezquina y poco profesional. Su humillación intelectual se convertiría en una humillación de carácter.
Pero si le daba una puntuación alta, un nueve o más, estaría admitiendo la derrota. Estaría validando públicamente a su enemiga, coronándola con sus propias manos. Sería el equivalente a arrodillarse y besarle el anillo.
Ambas opciones eran inaceptables.
Necesitaba encontrar un punto intermedio, un número que le permitiera mantener un barniz de objetividad mientras seguía atacando. Un número que dijera: "No es terrible, pero no es nada especial". Un acto de minimización.
Con un gesto que intentó parecer deliberado y no tembloroso, tomó la tablet. Sus dedos, normalmente ágiles, se sentían torpes, de plomo.
Tecleó un número. Y luego otro.
—Chef Fuentes —la apuró el presentador, su tono perdiendo la paciencia.
Natalia respiró hondo, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos. Era una mueca tensa, la sonrisa de un depredador que ha caído en su propia trampa. Levantó la paleta digital.
En la pantalla gigante apareció el número.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...