El caos es el elemento de Natalia. Mientras otros se ahogan en él, ella nada, respira, lo moldea a su voluntad. La acusación de plagio no fue solo una defensa; fue un contraataque, diseñado para sembrar la máxima confusión y arrebatar la narrativa de las manos de Alejandra.
No le dio tiempo a nadie para recuperarse del shock. Antes de que el presentador pudiera hablar, antes de que Graciela pudiera protestar, Natalia ya estaba ejecutando el siguiente paso de su plan.
—No lo digo a la ligera —continuó, su voz ahora firme, la de una guardiana de la verdad—. La originalidad es el pilar de nuestro arte. Y lo que hemos visto esta noche, por muy… bien ejecutado que esté, no es original.
Con un movimiento ensayado, tomó su tablet personal de debajo de la mesa. No la tablet del programa para las votaciones, sino la suya. La encendió, sus dedos moviéndose rápidamente sobre la pantalla.
—El público y mis colegas jueces merecen ver la verdad.
Giró la tablet y la levantó en alto, mostrándola a las cámaras y a los otros jueces.
En la pantalla brillante, apareció una fotografía.
Era una imagen de un platillo, claramente tomada de una revista de alta cocina o de un blog de gastronomía de vanguardia. La fotografía era impecable, con una iluminación dramática y un enfoque nítido.
El platillo en sí era una obra de arte abstracto. Parecía un trozo de suelo de un bosque encantado. Había "tierra" oscura hecha de pan de centeno deshidratado, "musgo" hecho de una espuma de perejil, pequeñas setas exóticas y flores comestibles dispuestas como si hubieran crecido allí de forma natural. Era visualmente impresionante, intelectual y ultramoderno.
A primera vista, no se parecía en nada al tamal rústico y elegante de Alejandra. Eran dos universos culinarios distintos.
Pero entonces Natalia comenzó a tejer su veneno.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...