El reloj digital marcaba cincuenta y nueve minutos. Para Alejandra, el tiempo había dejado de ser un enemigo. Se había convertido en su lienzo.
El momento en que sus manos tocaron los ingredientes, el mundo exterior desapareció. El murmullo del público, la presencia opresiva de las cámaras, la mirada venenosa de Natalia... todo se disolvió. Solo quedaron ella, la mesa de acero y el legado de su padre.
Y entonces, comenzó la danza.
Sus movimientos no eran los de una cocinera apurada. Eran los de una artesana que conocía su oficio a un nivel celular. No había gestos desperdiciados, no había pánico, no había vacilación.
Tomó las mazorcas de maíz azul. Sus dedos se movieron con una velocidad y precisión asombrosas, desgranando las mazorcas en un bol de metal. Los granos caían como una lluvia oscura y rítmica, un sonido ancestral que pareció silenciar el siseo de las planchas cercanas.
Luego, las flores de calabaza. Las trató con la delicadeza de un joyero manejando piedras preciosas. Con la punta de un cuchillo pequeño, retiró los pistilos con un solo movimiento fluido, limpiando cada flor sin magullar sus pétalos de seda.
El huitlacoche, oscuro y nudoso, fue el siguiente. Lo salteó en un poco de manteca con epazote y chile serrano. Sus manos movían la sartén en un vaivén perfecto, un movimiento que aseguraba una cocción uniforme, que despertaba los aromas terrosos del hongo sin quemarlo.
La transformación en el estudio fue palpable. Las risas condescendientes se habían extinguido. Los murmullos de burla se convirtieron en susurros de asombro.
Las cámaras, antes enfocadas en capturar su humillación, ahora estaban fascinadas. Los directores en la sala de control gritaban órdenes en sus audífonos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...