La luz azulada del monitor de la laptop iluminaba el rostro concentrado de Alejandra. Estaba sentada en la cama de su habitación en el penthouse, un santuario de silencio en medio de la opulencia forzada. Había esperado a que Ricardo saliera para una de sus cenas de negocios y a que el personal doméstico se retirara a sus áreas. La noche era suya.
Frente a ella estaba la página oficial del concurso "Joven Chef de México". El diseño era elegante, corporativo, con los logotipos de los patrocinadores brillando en la parte inferior como deidades modernas. Hizo clic en la pestaña "Inscripciones".
Apareció un formulario largo y detallado. No era una simple solicitud; era un examen de entrada. Nombres, historial, experiencia. Le pidieron que redactara una breve biografía, una filosofía culinaria y la motivación para entrar al concurso.
Alejandra trabajó con una meticulosidad absoluta. Cada palabra fue elegida con cuidado. No se presentó como una víctima ni como una novata. Se describió como una investigadora de la cocina tradicional mexicana, una heredera de un linaje de conocimiento, enfocada en la pureza de los ingredientes y la innovación basada en la tradición. Era una narrativa poderosa, la verdad afilada como un arma.
Luego vino la sección más importante: el portafolio. Tenía que adjuntar evidencia de sus creaciones. Durante los últimos días, había estado preparando esto. Usando la cocina del penthouse a altas horas de la noche, había recreado los platillos y cócteles que sirvió en la gala del Castillo de Chapultepec. Con la ayuda de un tutorial en línea, había aprendido a tomar fotografías de comida con una calidad casi profesional, usando la luz natural del amanecer que entraba por los ventanales.
Las imágenes eran espectaculares. La "Niebla de la Sierra", con el humo del romero congelado en el aire. La tostada de huitlacoche y trufa, un estudio de texturas y colores oscuros. Creó un documento PDF, pulcro y profesional, cada foto con una descripción detallada de los ingredientes y la técnica. Era el portafolio de una chef seria, de una artista.
Finalmente, llegó a la última sección: un video de presentación de no más de dos minutos. Usó la cámara de su laptop. Habló con calma, directamente al lente, su voz firme, su mirada directa. Explicó su pasión por la botánica, por los sabores de Oaxaca, por la historia que se cuenta en cada platillo. No sonrió demasiado. No intentó ser simpática. Proyectó confianza y competencia.
Cuando terminó, revisó todo una última vez. El formulario estaba impecable. El portafolio era impresionante. El video era convincente. Se sentía satisfecha. Era la mejor representación de su talento, de su verdad.
Respiró hondo, un nudo de anticipación y nerviosismo en su estómago. Esto era todo. El primer paso para entrar en la arena.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...