El olor a café de olla recién hecho llenaba el aire del taller vacío, una tregua aromática en medio de la tensión. Valeria caminaba de un lado a otro sobre el cemento pulido, sus pasos eran un metrónomo de frustración y ansiedad. Se detuvo y golpeó el periódico arrugado que yacía sobre una pila de cajas de cartón.
—No, es que no lo entiendo. De verdad no lo entiendo —dijo, volviéndose hacia Alejandra—. ¿No ves lo que están haciendo? ¡Es una pinche trampa con luces de neón, Alejandra!
Alejandra permanecía de pie junto a la ventana, observando cómo el sol de la tarde se filtraba a través del polvo en el aire. Estaba tranquila, pero era la calma del ojo de un huracán.
—Estás loca si piensas entrar ahí —continuó Valeria, su voz subiendo de tono, llena de una preocupación genuina y feroz—. ¡Es su juego, con sus reglas! ¡Con su gente! Van a poner a la pinche Natalia en un trono y a ti te van a tirar a los leones. ¿Crees que van a ser justos? ¿Crees que les importa tu talento? ¡Te van a masacrar!
Valeria respiró hondo, tratando de controlar su exasperación. Se acercó a su amiga.
—Ya ganamos, Ale. Les dimos en la madre con lo del mercado. Estamos construyendo esto. Algo nuestro. ¿Por qué arriesgarlo todo por meterte en la boca del lobo? No tenemos que demostrarles nada. Que se ahoguen en su propio veneno.
Alejandra finalmente se giró. Sus ojos no reflejaban locura ni imprudencia. Reflejaban una claridad absoluta, una determinación tan dura como el diamante.
—Exacto —dijo, su voz era baja pero resonaba en el espacio vacío—. Es su juego. Y por eso tengo que entrar.
Valeria la miró, incrédula. —¿No me estás escuchando?
—Te escucho perfectamente —respondió Alejandra, dando un paso hacia ella—. Y tienes razón en todo. Es una trampa. No serán justos. Y sí, probablemente intenten masacrarme.
Hizo una pausa, dejando que el peso de sus siguientes palabras se asentara.
—Pero no entiendes una cosa, Vale. No hay mejor lugar para demostrar que la reina es un fraude que en su propio castillo.
La metáfora era sencilla, directa, despojada de cualquier adorno. Era una declaración de intenciones.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...