La música electrónica vibraba en la terraza del hotel en St. Barts, una pulsación rítmica que se mezclaba con el sonido de las olas y las risas despreocupadas. Sofía Estevez-Rojas Ibáñez sostenía una copa de champán rosado, el cristal frío contra sus dedos. Estaba en su elemento, rodeada de la misma gente superficial y adinerada que constituía su universo. El escándalo de México se sentía a un millón de kilómetros de distancia, un mal sueño del que casi había logrado convencerse de que nunca había sucedido.
Su teléfono, abandonado sobre un camastro, comenzó a vibrar. Al principio, lo ignoró. Una, dos, tres veces. Pero la vibración se volvió frenética, insistente, como un insecto atrapado. Era una disonancia en la sinfonía perfecta de su tarde.
—Ay, qué pesada mi mamá —se quejó con una de sus amigas, poniendo los ojos en blanco—. Te juro que si me vuelve a preguntar si me puse bloqueador…
La amiga, una rubia bronceada llamada Cami, soltó una risita. —Déjala en visto. Estamos de vacaciones.
Pero la curiosidad, o quizás un presagio oscuro, pudo más que ella. Con un suspiro de fastidio, Sofía tomó el teléfono. La pantalla de bloqueo estaba colapsada. Un tsunami de notificaciones de Instagram, Twitter y WhatsApp. Su nombre, su foto de perfil, etiquetada una y otra vez.
Abrió Instagram. El torrente de odio la golpeó con la fuerza de una ola. #LadySabotaje. Comentarios, memes, videos. Y en el centro de todo, el rostro lloroso de Paulina. Su confesión.
El color desapareció del rostro de Sofía. El champán en su estómago se agrió. El ritmo de la música se convirtió en un martilleo en sus sienes. El mundo a su alrededor, antes tan brillante y enfocado, se volvió borroso en los bordes. Lo único claro era la pantalla de su teléfono.
—Sofi, ¿estás bien? —preguntó Cami, su voz sonaba lejana, distorsionada.
La gente a su alrededor comenzó a notarlo. Las miradas, antes de admiración o envidia, ahora eran de curiosidad morbosa. Vio a un chico en la mesa de al lado mostrarle su teléfono a otro, ambos mirándola a ella. Estaban viendo el video. Estaban viéndola caer.
El pánico la ahogó. Necesitaba huir. Se levantó bruscamente, tirando su copa de champán, el líquido rosa derramándose sobre el mármol blanco como una mancha de sangre.
—Me siento mal —murmuró, su voz era un hilo tembloroso.
Corrió. No caminó. Corrió a través de la terraza, pasando junto a los cuerpos bronceados y las miradas curiosas, buscando el refugio de su suite. Justo cuando llegó al elevador, su teléfono sonó de nuevo. No era una notificación. Era una llamada.
"Papá".
El nombre en la pantalla era una sentencia. Con manos temblorosas, contestó.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...