Julio Ledesma y el Senador Belisario Campos no se quedaron mucho tiempo en la terraza. Intercambiaron unas pocas palabras más con Alejandra, intentando sonsacarle sin éxito el origen de su mezcal, y luego, con una nueva energía en sus pasos, regresaron al salón principal.
El efecto de su descubrimiento fue inmediato y devastadoramente sutil.
No hicieron un anuncio. No interrumpieron el espectáculo de Natalia. Simplemente regresaron a su mesa, donde se sentaban otros titanes de la industria y la cultura.
—Julio, te perdiste la parte donde explica la emulsificación —dijo una mujer, una galerista de arte con fama de implacable.
Julio Ledesma sonrió, una sonrisa genuina que desconcertó a la mesa entera. —Querida, me temo que todos ustedes se están perdiendo el verdadero evento de la noche.
Tomó su copa de vino, pero no bebió. La usó como un accesorio en su narración. —Mientras aquí nos dan una clase de química perfectamente aburrida, afuera, en la terraza, hay una joven hechicera sirviendo humo y tierra en copas de cristal.
El Senador Campos soltó una risa estruendosa. —¡Hechicera! ¡Buena definición, Julio! Acabo de probar una tostada que sabía a la memoria de mis ancestros. Y un mezcal que podría resucitar a un muerto.
La curiosidad se encendió en la mesa. La recomendación conjunta de un crítico como Ledesma y un epicúreo como el Senador Campos era más poderosa que cualquier campaña publicitaria.
—¿De qué están hablando? —preguntó la galerista, su interés ahora picado.
—No se los voy a describir —dijo Julio, deleitándose en el misterio—. Vayan. Antes de que se acabe. Es en ese pequeño puesto en la esquina de la terraza. El que parece un altar de Día de Muertos.
Uno por uno, y en parejas, los miembros de esa mesa comenzaron a levantarse discretamente con excusas sobre "necesitar aire fresco" o "hacer una llamada".

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...