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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 113

Dentro del gran salón, la demostración de Natalia era un ejercicio de perfección predecible. Los ingredientes, medidos al miligramo, estaban dispuestos en cuencos de diseño. Sus movimientos eran fluidos, ensayados, más parecidos a los de una bailarina que a los de una cocinera. El público aplaudía en los momentos indicados.

Sentados en una de las mesas más cercanas al fondo, se encontraban dos figuras particularmente influyentes: Julio Ledesma, un crítico de arte conocido por su cinismo y su paladar incorruptible, y el Senador Belisario Campos, un hombre cuya verdadera pasión no era la política, sino la buena vida.

Julio Ledesma observaba el espectáculo con un aburrimiento apenas disimulado. —Es como ver una cirugía —le susurró al senador—. Precisa, limpia, y completamente desprovista de alma.

El Senador Campos asintió, dando un sorbo a su copa de vino. —La he visto hacer esto tres veces. Mismo guion, mismos chistes. Le falta… mugre. Le falta la alegría de la cocina. ¿Salimos a tomar un poco de aire? Siento que el aire acondicionado me va a momificar.

Los dos hombres se levantaron discretamente y se dirigieron hacia las puertas de la terraza. Al salir, fueron recibidos por el aire fresco de la noche y algo más.

Fueron golpeados por un aroma.

No era el olor genérico de la comida de un catering de lujo. Era algo salvaje, primario y exquisitamente complejo. Era humo, era anís, era tierra, era una promesa de algo real. Se miraron el uno al otro, sus cejas arqueadas en una pregunta silenciosa.

Siguieron el rastro del aroma como si fuera un hilo invisible, que los llevó al rincón apartado de la terraza donde Alejandra había montado su discreto puesto.

Vieron a la joven del vestido beige, la que había pasado desapercibida en la alfombra roja, trabajando con una concentración silenciosa. Detrás de ella, dos ayudantes pulían copas. No había espectáculo, solo trabajo.

Se acercaron con curiosidad. Alejandra levantó la vista, sus ojos tranquilos los encontraron.

—Buenas noches —dijo ella, su voz era suave—. Bienvenidos.

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