Mónica "La Lince" de la Cueva odiaba los viernes por la tarde. Eran el cementerio de las noticias, el páramo donde las historias iban a morir antes del fin de semana. Sentada en su oficina, un santuario caótico de periódicos viejos, tazas de café a medio beber y el zumbido de un aire acondicionado asmático, buscaba desesperadamente una historia para cerrar su semana. Necesitaba veneno, algo con mordida para su columna "El Aguijón de Penny".
Revisaba su bandeja de entrada de "soplos", un vertedero digital de despecho, envidia y venganzas a medio cocinar. La mayoría eran basura. Fulanita engañaba a su marido. Menganito tenía deudas de juego. Bostezó. Necesitaba algo más grande, algo que sacudiera uno de los árboles genealógicos más altos de la ciudad.
Fue entonces cuando lo vio. Un correo sin asunto, de una dirección encriptada que parecía un error tipográfico. Normalmente los borraba. Pero algo, una corazonada pulida por años de olfatear la podredumbre de la alta sociedad, la hizo detenerse.
Lo abrió.
El texto era anónimo, firmado por un tal "Un Observador Preocupado". Mónica bufó. Vaya cliché. Pero a medida que leía, su cinismo se disolvió, reemplazado por una creciente fascinación. El correo no era un ataque frontal. Era una pieza de arte, una insinuación tejida con la precisión de un cirujano.
Conectaba el regreso de Natalia Fuentes, la chef del momento y prometida de Ricardo Estevez, con la caída en desgracia de los primos más jóvenes, Sofía y Mateo. Mencionaba la suspensión por fraude académico de ella y la humillación del traje falso de él en la gala del Soumaya. Los detalles eran demasiado precisos. No eran rumores; eran hechos. Hechos que ella misma había cubierto de forma superficial, pero que nunca había conectado de esa manera.
La pregunta final del correo era la estocada maestra: "¿O quizás algunas influencias, por muy glamurosas que parezcan en la superficie, son más amargas que dulces?".
Mónica se reclinó en su silla, que crujió en señal de protesta. La piel se le había erizado. Esto no era el típico chisme de amantes despechados. Esto era una declaración de guerra, enviada desde dentro de la fortaleza. El lenguaje era frío, calculado, inteligente. Quienquiera que lo hubiera escrito, odiaba a Natalia Fuentes con una pasión glacial.
"Interesante", susurró a la oficina vacía.
Pero la intriga no era suficiente. Necesitaba confirmación, aunque fuera mínima. Cogió su teléfono y marcó el primer número de su lista de "víboras de confianza". Una socialité aburrida con oídos en todas partes.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...