Todos los miembros de la Secta Empírea miraban, aterrorizados, la impactante escena que se acababa de suscitar frente a sus ojos; un silencio sepulcral inundaba la atmósfera, por lo que no pudieron evitar sobresaltarse al escuchar un enorme suspiro de alivio. Pronto, pudieron advertir la presencia de Lilia, quien parecía absorta en sus pensamientos:
«¡No puedo creer que esa espada sea tan poderosa como para desvanecer a alguien por completo!».
Tras observarla por un momento, Jaime se apresuró a decir, con voz alegre:
—¡Oh! ¡La Espada Matadragones, en verdad, es un arma legendaria! —Al terminar de emitir esas palabras, cerró la mano para hacer desaparecer la gigantesca hoja y miró a la hermosa chica, sin mostrar ninguna emoción, antes de continuar—: Bueno, César ya no podrá hacerles daño, así que es momento de marcharnos.
De inmediato, la chica hizo un pequeño gesto con la cabeza, antes de que ambos salieran de la guarida de la Secta Empírea, junto con el pequeño grupo de habitantes de Ciudad Maple. Justo antes de salir, Jaime se detuvo junto al umbral de entrada para recorrer cada uno de sus rostros de sus oponentes con una intensa mirada; después de haber presenciado aquella brutal escena, todos bajaron la mirada, pues no se atrevían a desafiarlo.
…
Un momento después y tras salir de aquel imponente edificio, y a pesar de que los habitantes de Ciudad Maple intentaron convencer a Jaime y Lilia de regresar con ellos, pronto descubrieron que todos sus esfuerzos serían en vano, pues la joven pareja se apresuró a rechazar la invitación; después de todo, el joven solo había aceptado acompañarlos a la Secta Empírea para descubrir la ubicación del manantial espiritual. A pesar de sus súplicas, Jaime sabía que los hombres de César pronto buscarían venganza en contra de aquella gente; no obstante, no volvería a interceder por ellos, pues el conflicto entre esos dos clanes se remontaba a tiempos inmemorables. De hecho, la única manera de terminar esa disputa sería que alguno saliera victorioso, sin necesidad de recurrir a la protección de alguien más.
…
Más tarde, la joven pareja abordó un avión, en dirección de Ciudad Higuera; al estar varios días separado de Josefina, Jaime había comenzado a extrañarla, en especial, tras descubrir que la joven era capaz de cultivar grandes cantidades de energía.
…
Sin embargo, al llegar a la mansión en Bahía Dragón, no pudieron evitar sobresaltarse al comprobar que ninguna de las dos mujeres, Josefina e Isabel, se encontraban en el lugar. En ese momento, el apuesto hombre comenzó a sentirse nervioso, por lo que no tardó en tomar su móvil para intentar hablar con alguna; no obstante, pronto descubrió que sus esfuerzos fueron en vano, pues no hubo respuesta. Tras lograr tranquilizarse un poco, decidió llamar a Gonzalo y Arturo, quienes le informaron que las chicas se habían reunido con Ramón hace unos días, por lo que, tras escuchar esas noticias, el joven no pudo evitar reflexionar:
—Bueno, me pregunto, entonces, por qué están solos en esta enorme mansión, en especial, sin la Señorita Serrano presente… —La suave voz de la mujer resonó en tono severo, mientras alzaba un brazo para hacer un pequeño gesto con la mano.
—Josefina se encuentra bien, pero tuvo que atender algunos asuntos; por cierto, alguien más debería ayudarme a transportar las piedras espirituales. Después de todo, una estrella como usted no debería encargarse de estas tareas tan tediosas —dijo el joven en tono nervioso, pues sabía a la perfección que Teresa haría todo por conquistar su corazón; no obstante, el joven estaba seguro de que Josefina era la mujer que amaba, por lo que intentaba alejarse de la joven a su lado para evitar cualquier malentendido.
Ante su respuesta, Teresa no pudo evitar mirarlo, boquiabierta, antes de indagar:
—¡No puedo creer que se atreva a humillarme de esa manera! —exclamó, antes de añadir—: Estoy consciente de que debe conquistar a muchas mujeres hermosas, pero le aseguro que no pretendo incomodarlo, pues conozco acerca de su relación con la Señorita Serrano; además, le prometo que usted caería rendido a mis pies si así lo deseara.
—¡Señorita Salas, le juro que nunca fue mi intención ofenderla! Ahora que hemos aclarado la situación, todo está bien. —El apuesto hombre comenzó a sentir el corazón acelerársele al hablar.

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