Un destello de complejidad asomó en la mirada de Leuco.
"El Decimocuarto Firmamento está lejos de estar en calma" —murmuró—. "Las facciones se disputan el poder, e incluso el Palacio Celestial siente la presión. El maestro nos envió abajo para templar nuestras espadas… y quizá para prepararnos para las tormentas de arriba".
Lira guardó silencio un instante. La luz de la antorcha le rozó apenas el mentón y, de pronto, sus labios se arquearon en una sonrisa luminosa.
"¿Y a quién le importa?" Su voz sonó ligera como la plata.
"Con el Discípulo Mayor a mi lado, nada puede asustarme. Unamos fuerzas y vayamos a ver a Jaime Casas. Quiero comprobar qué misterios guarda de verdad esa supuesta fuerza caótica".
Leuco contempló cómo la luz le estallaba en el rostro y, por un momento, el filo de sus ojos se suavizó.
"Tú" —dijo, mitad con cariño, mitad rendido—. "Siempre tan caprichosa. Está bien. Tomemos el viaje como un paseo. El nivel trece quizá sea estéril, pero el paisaje tiene su encanto".
Sus miradas se encontraron; las comisuras de ambos labios se alzaron a la vez.
En esa sonrisa había la calma de viajeros planeando un picnic, no de guerreros marchando hacia un campo donde se pesarían vidas.
Dentro del Salón Azote Sangriento en Epea.
Jaime Casas estaba sobre la tarima de piedra, frente a las puertas principales.
Debajo de él, el Ejército de los Hombres Bestia —cien mil— llenaba el patio: pelaje y escamas apretados hombro con hombro.
La escena le bombeó un orgullo ardiente en el pecho, pero debajo le pesaba una dureza de piedra.
En los últimos tres días, la noticia había corrido por Epea.
Tribu tras tribu respondió al llamado, y ahora cien mil guerreros se arrodillaban bajo su estandarte.
Entre ellos había más de cincuenta combatientes del Inmortal Áureo de Nivel Seis o superior.
Aun así, no bastaba. En su mente quedaba un hueco, insistente, susurrándole que cuando el cielo devolviera el golpe aquella reunión no alcanzaría.
Gabriel dio un paso al frente, la capa rozando los estandartes junto a sus botas.
Mantuvo la voz baja. "Señor Casas, noticias frescas de la Región del Este. Las fuerzas celestiales se están concentrando por todas partes".
"Los poderes locales huelen la libertad y quieren nuestra ayuda. Lord Jadeinfinity desea unirse a usted, pero necesita tiempo para unificar el este".
Jaime Casas asintió una sola vez. "Diles a esas sectas que su tarea es sencilla: romper el yugo celestial y defender su propio territorio. No tienen que venir hasta aquí. Yo solo borraré a los celestiales".
Desde que avanzó al Inmortal Áureo, la confianza se le había hinchado por dentro, como un río desbordado empujando diques.
Gran Venerable, títulos divinos… nada de eso valía ni una moneda de cobre en sus ojos.
La Reina Zorro Nocturna estaba cerca, retorciendo el borde de su capa entre los dedos.
"Señor Casas, los celestiales han sufrido una pérdida brutal.
Van a responder con más dureza que nunca".
La mirada de Jaime Casas se deslizó hacia el este.
Una luz gris titiló detrás de sus pupilas.
"Lo sé.
Por eso fortalecemos las murallas de Epea y afilamos nuestro propio filo".
Se giró y su voz cortó la terraza.
"Pasen la orden.
Cualquier cultivador del Inmortal Áureo de Nivel Cinco o superior debe reunirse en el Salón Azote Sangriento.
Les enseñaré una matriz conjunta".
Los murmullos estallaron; los ojos brillaron con un hambre repentina.
Jaime Casas inclinó la cabeza.
"La matriz se llama Matriz de Convergencia del Caos, nacida de revelaciones sobre el Gran Camino del Caos.
Es imperfecta, sí, pero una vez dominada fusionará nuestros poderes más allá de los límites normales".
La emoción se propagó como viento entre hierba alta; nadie logró quedarse quieto.
¿Una matriz nacida del Gran Camino del Caos… qué abismos podría encerrar?
La expectación sabía a metal en todas las lenguas.
Durante los siguientes tres días, los entrenamientos martillaron día y noche dentro del salón.
Pasos, conteos a gritos y luz arremolinada no cesaron.
Jaime Casas tejió hilos de fuerza caótica en cada diagrama.
No entregó esa fuerza como tal, pero la matriz canalizaba un eco de su poder, permitiendo que sus fuerzas resonaran.
Afuera, el Ejército de los Hombres Bestia no se quedó de brazos cruzados.
Bajo Gabriel y Morvane, se abrieron trincheras, se alzaron empalizadas y trampas con sigilos sembraron un anillo de cien millas.
El Salón Azote Sangriento se vistió de su propia coraza de hierro.
Al atardecer del tercer día, apareció la primera señal de éxito.
Ciento ocho cultivadores de Nivel Cinco se trabaron hombro con hombro en formación.
En el instante en que la Matriz de Convergencia del Caos estalló, un enorme vórtice gris floreció sobre el salón.
Giraba despacio, exhalando un olor antiguo e ilimitado, como si pudiera tragarse estaciones y acero por igual.

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