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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 6033

Aquella llama no era un fuego cualquiera; era el condensado de toda una vida de cultivo: la Llama Divina Incineradora.

Lenguas de oro oscuro hervían con un calor capaz de fundir estrellas, deformando y hundiendo el espacio a su alrededor.

Herido, optó por la respuesta más brutal: quemar su propia fuente para arrastrar a su enemigo al fuego.

—¡Quienquiera que seas, muere conmigo! ¡Aniquilación Divina Incineradora!

Se transformó en una esfera de fuego dorado oscuro de más de tres metros de ancho, que giró hacia Jaime con un peso que parecía poder aniquilar el mundo.

A su paso, todo «estructuras, baldosas» se volatilizó; el suelo de la Plataforma de Observación de las Estrellas se fundió en magma.

La mirada de Jaime se intensificó. No esperaba tanta firmeza, ni una respuesta tan desesperada.

Era imposible confrontarla directamente.

Además, permitir que la explosión se propagara al exterior delataría el enfrentamiento en todas partes.

Sus manos ejecutaron sellos con rapidez febril. Una fuerza del caos y gris brotó, formando un escudo tras otro frente a él mientras saltaba hacia atrás.

¡Bum, bum, buuuum!

La esfera de oro oscuro impactó la barrera caótica, y un trueno hendió el cielo. Cada capa destruida absorbió fragmentos del fuego divino antes de desintegrarse.

La onda de choque golpeó el pecho de Jaime, sacudiendo su interior; retrocedió tambaleándose varias docenas de pasos.

Aprovechó el breve instante para reponer fuerza del caos y reactivar su técnica espacial.

—¡Jaula del Caos!

Jaime dio una orden en voz baja. Al instante, una niebla gris surgió de sus mangas, extendiéndose rápidamente para llenar el aire. En un abrir y cerrar de ojos, la neblina se solidificó, adoptando la forma de barras de energía.

Estas barras formaron una imponente jaula que se cerró de golpe alrededor del Venerable Flamel, quien ardía como una bola de fuego de color oro oscuro. La pared interior de la jaula vibraba, y miles de finas grietas, del grosor de agujas, se abrían y cerraban constantemente. Cada una de estas grietas raspaba el fuego divino, como las muelas de un molino triturando grano, desprendiendo chispas que eran inmediatamente tragadas por un silencio grisáceo.

—¡Ah-ah-ah! ¡Dejen en paz a este venerable! —El rugido brotó de la bola de fuego rodante, crudo y entrecortado.

En un arrebato de furia, el Venerable Flamel arremetió una y otra vez contra los barrotes. Cada impacto reverberaba a lo largo de la celosía gris, haciendo temblar toda la estructura.

No obstante, aquel era el dominio de Jaime.

La Jaula del Caos se mantenía inquebrantable; una nueva fuerza del caos emergía del Vacío Caótico, soldando cada abolladura antes de que pudiera ceder.

En pocos instantes, la esfera de oro oscuro se había reducido casi a la mitad de su tamaño, y su presión incandescente se apagaba rápidamente, como una fragua que se enfría.

Al notar el declive, un brillo gélido cruzó los ojos de Jaime.

Sus dedos se movieron a la velocidad del pensamiento, tejiendo sellos.

Con cada músculo tenso por la concentración, extendió un dedo índice hacia el núcleo de la jaula.

—¡Vuelve al Vacío, devora los Cielos! —Su voz atravesó el rugido de las llamas, firme y despiadada.

En el punto que señaló su dedo, la oscuridad se curvó.

Al instante se convirtió en un vórtice cavernoso, una boca lo suficientemente ancha como para tragarse montañas, con una fuerza salvaje e implacable.

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